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miércoles, 26 de mayo de 2010

La grave, breve y aérea diosa de la Primavera, por Vergílio Ferreira

No conoces el fresco de Pompeya, tengo que enseñártelo.
Es una diosa bella en un instante de movimiento leve, pero no se le ve el rostro. Se ve de espaldas, la cara un poco vuelta sólo hasta la visibilidad de su contorno dulce. Recoge a su paso una flor sin detenerse, con las ondas de la brisa que la lleva. Y en la otra mano sostiene contra el pecho una cesta con más flores. Todo en ella es aéreo y dócil. La túnica color de arcilla, ondulante hasta la movilidad sutil de sus pies descalzos, un tirante que se desliza del hombro derecho. Un manto blanco cayendo por los brazos hacia la espalda en un gesto negligente. El pelo recogido en la nuca, la zona más delicada para la ternura de un hombre. Y una cinta como una aureola. Y lo imponderable de todo su ser que pasa. Esto era lo que quería decirte de esta diosa grave y aérea. No exactamente su cuerpo esbelto como un vuelo de pájaro, sino sólo ese vuelo. No exactamente su juventud eterna sino la eternidad. No lo gracioso que hay en ella sino la gracia. La miro fíjamente para que tú estés allí y te oigo reír porque no vas a estar nunca. Lo miro y lo filtro para que su imposible permanezca conmigo hasta la muerte. La gracia breve de los pies que no pisan. Los dos dedos sutiles que recogen la flor sin recogerla y están en ella desde hace dos mil años, en la flor que nunca recogieron. La cadera dulce en movimiento, lo etéreo de su divinidad. La forma de su cuerpo vaporoso por el céfiro que la lleva. El deslizar del manto y de la túnica que no se deslizan, para que la desnudez no sea excesiva. Y la espalda desnuda para empezar a aprenderla y que pueda existir en una avidez asustada. Y la cesta de flores en la que lleva su alegría. Y el espacio verde y vacío para que no suceda nada más fuera de ella. La sigo mirando, la miro siempre. Pasa aérea y de espaldas. Y así su belleza es invisible, anunciando lo que jamás podremos ver. Así su belleza es la más bella porque está cerca y lejos, en la realidad tangible e intocable para siempre. En el rostro oblicuo de quien nunca conoceremos el rostro. En la mirada que inunda todo el cuerpo como es propio de toda mirada, pero de la que nunca conoceremos los ojos de donde proviene la fuerza. En su cuerpo de diosa y en el encanto de su movimiento que jamás podremos tener en nuestras manos porque su realidad es el pasar. En las flores que lleva y coge y que jamás recogeré con mis manos rudas y mortales. Tengo que dejar de mirar esta diosa efímera en el breve instante de ser diosa...
Dejo de mirarla y ella pasa, ¿cuándo la volveré a ver? Es un momento breve como todo lo que es grande en la vida. Desvío los ojos y probablemente no la veré nunca más. Porque ella no está allí siempre que la busco. Todo lo que sucede es siempre demasiado para que suceda en su totalidad. Ahora tengo libre mi mirada para que la diosa exista. Y todavía permanece en mí la sombra de nuestro encuentro. Y es allí donde ella existe. Es una diosa breve. Llegó con la brisa, desde el fondo de los milenios, al encuentro de mi sonrisa. Y cuando la brisa pase la sonrisa habrá pasado.

(En Vergílio Ferreira, En nombre de la Tierra, Acantilado, Madrid, 2003. Trad. de Isabel Soler y Neus Baltrons.)

sábado, 22 de mayo de 2010

Vergílio Ferreira o los agujeros del alma

                                                           
A veces cosas raquíticas sin importancia crecen con nosotros, ¿no te ha pasado nunca? crecen con nosotros como lapas, pegadas en algún lugar invisible. O como pequeñas agujas que los médicos olvidan en los enfermos cuando los operan hasta que un día duelen y se descubre que están allí. ¿Por qué diablos estas naderías nunca se despegan de nosotros mientras que hay otras de gran tamaño, de importancia vital, que nos dejan de lado? ¿Quién elige por nosotros? El hombre es un ser muy improbable. Existe un modo incomprensible de ir siendo y también existe lo incomprensible de que las cosas pertenezcan o no a ese modo. Todos los días nos vamos metiendo cosas en el bolsillo. Y de vez en cuando nos llevamos la mano al bolsillo y de las muchas cosas que hay allí solo encontramos pelusillas. O hay solo porquerías sin importancia, trozos de frases que ya no sabemos qué quieren decir, chistes para retrasados mentales pero que no olvidamos, restos de vergüenzas o de alegrías incomprensibles, retales de cosas que no encajan en nada porque ya perdimos el plano general, lugares y horas en que estuvimos vivos no se sabe por qué, ¿quién nos organiza este mapa hecho trizas?

La compañía que tengo es la memoria de ti, más allá del horror y la degradación. Sí, sí. La compañía que me ayuda un poco es la memoria de lo que pasó y que ahora existe en una extraña irrealidad. Todo tiene su espíritu, somos nosotros los que no nos damos cuenta. Pero después las cosas mueren, desaparecen y su espíritu aflora y entonces nos damos cuenta. Nos damos cuenta ... Me gustaba sentirme libre de todo, cargamos con un montón de cosas, incluso sin darnos cuenta, incluso sin saberlo. Las cosas de uso personal, la gente con la que nos relacionamos, las costumbres de nuestra monotonía, las ideas de nuestro sustento mental. Todo ello ocupa un enorme espacio en nuestro ser. Entonces, cuando la muerte llega, todo nos suelta de la mano y nos asustamos porque no tenemos nada que nos haga compañía. Prepararnos para la muerte es ir muriéndose del todo hasta quedarnos solo llenos de nosostros. Es duro, lo sé. Tan duro que tal vez dentro de un rato ya piense de otra manera. De hecho, ya lo estoy pensando, a ver si lo explico. El hombre se vuelca en las cosas y en todo porque es un carga excesiva para él solo. Dios nos hizo llenos de agujeros en el alma y nuestro deber es taparlos todos para poder navegar. El hombre es un borracho siempre apoyado en la pared o un niño que todavía no ha aprendido a andar.
(Vergílio Ferreira, En nombre de la tierra, Acantilado, 2003.)

viernes, 21 de mayo de 2010

Vergílio Ferreira, escribir para ser

                                      
¿Acaso una lengua no se «ha escogido» a sí misma en esa relación primordial con el mundo, para ser a partir de ahí la organizadora de los límites de un pensamiento? Pero la labor del poeta es esa: hacer coincidir lo indecible con lo decible, utilizando la estratagema de pasar no tanto por la palabra como por el enigma que la circunda y ha sido olvidado, no tanto por lo que ilumina como por el acto de iluminar. Con todo, no sabemos dónde germina y se organiza lo impensable más profundo de nosotros que, ya en la superficie, es un modo de ser sensible y de ser pensante.
Viajar es querer tocar la realidad de lo que nos puebla la imaginación. Pero ésta nunca está allí. Y lo que sobra de eso es el cansancio y el desencanto, excepto nuestro poder demiúrgico de fascinar la imaginación de los que nos escuchan. Por eso, lo mejor de un viaje apenas es haber viajado.  
                                  
Porque es enorme la distancia que va del saber al ver. Todos sabemos que somos mortales. Pero sólo de vez en cuando alguien invisible nos toca inesperadamente en el hombro y entonces vemos la certeza de la muerte.
Lo impensable o indiscutible subyace, por tanto, en todo el hecho de pensar y, más allá de él, en el hecho de sentir, y más allá del sentir, en el sustrato de lo que los infinitos posibles posibilitaron en nosotros. Y sobre eso se determina nuestro equilibrio interno, armonizado por nuestra libertad… La libertad es el modo de afirmar quiénes somos, frente a lo indiscutible de un hecho que es, o de lo imposible que es, para reaccionar ante él. La libertad no se ejerce sobre el vacío, sino en referencia a lo que la cuestiona, de la misma manera que la luz existe en función de lo que ilumina.
                                       
Escribir. ¿Por qué escribo? Escribo para crearle un espacio habitable a mi necesidad, a lo que me oprime, a lo que es difícil y excesivo. Escribo porque el hechizo y la maravilla son verdad y su seducción es más fuerte que yo. Escribo porque el error, la degradación y la injusticia no han de tener razón. Escribo para hacer posible la realidad, los lugares, los tiempos, a los que esperan que mi escritura los despierte de su manera confusa de ser. Y para evocar y marcar el camino que he realizado, las tierras, las gentes y todo lo que he vivido y que sólo en la escritura puedo reconocer porque en ella recuperan su esencialidad, su verdad emotiva, que es la primera y la última que nos une al mundo. Escribo para hacer visible el misterio de las cosas. Escribo para ser. Escribo sin motivo.
(Vergílio Ferreira, Pensar, Acantilado, Madrid, 2007)

lunes, 17 de mayo de 2010

Vergílio Ferreira en castellano


Vergílio Ferreira
Pensar

¿Como es posible que ciertos tipos digan bellas frases a la hora de su muerte? El «todo está bien» de Kant, o el «más luz» de Goethe, o el «mañana qué vendrá» de Pessoa, o incluso, a la manera de Sócrates, el «llévense de aquí a las mujeres» de Herculano. A la hora de la muerte lo que se debería hacer es estar callado. Es lo que debería de apetecer a medida que se fuera llegando allí. De ahí que quizás el hecho de que no se pierda el habla, aunque sea el lamento, es la señal de que todavía se está vivo. Pero si la cosa duele, se queda quieto y callado, esperando. La gran verdad de la vida es la muerte. Y un muerto está tranquilo. ¿Cómo es posible que algunos a la hora de la muerte tengan la insolencia de hacer frases?
Vergílio Ferreira

 El arte de lo que no se dice
 Nunca es tarde para conocer o reencontrarse con autores como Vergílio Ferreira. Escrito a manera de diario fragmentado y sin perder su fuerza lírica, el autor portugués reflexiona sobre política o el papel del intelectual.
Pensar es un libro en los límites. En el límite del género, entre el diario y el apunte ensayístico; en el límite de la posibilidad de pensar y del mismo lenguaje, bajo la invocación de Wittgenstein; en el límite de la vida, con la conciencia de que el final se aproxima. Es, en suma, "una especie de diario de la casualidad de ir pensando", que se construye a sí mismo a través de las principales obsesiones de su autor: la reflexión sobre la condición humana y sobre las grandes preguntas del hombre, el intento por encontrar sentido a las razones de la vida y la muerte, la vejez y el amor, las ideologías y la cultura.
Vergílio Ferreira (1916-1996) es uno de los escritores indispensables de la literatura portuguesa del siglo XX. Un autor que transita del neorrealismo de los años cuarenta hacia una escritura más metafísica y honda, entre el existencialismo y el humanismo. Su obra, desde el meridiano del siglo, reflexiona sobre la identidad del hombre y su lugar social. Y lo hace siempre con un lenguaje sobrio y pulcro al mismo tiempo, que atrapa al lector y lo arrastra al laberinto de preguntas sin respuesta que esconde su pensamiento. Desde novelas como Mudança (1949) o Aparição (1959), publicada por Cátedra en 1983, Vergílio Ferreira construyó una obra sólida en la novela, el ensayo y el diario. Su escritura diarística se inicia en 1980, y consta de una decena de volúmenes que conducen casi hasta la fecha de su muerte.
La editorial Acantilado, en rigurosas traducciones de Isabel Soler, ha emprendido en los últimos años la tarea de introducir a Ferreira en España, tras los primeros avances aparecidos en Seix Barral en los años setenta. A las novelas En nombre de la tierra (2003) y Para siempre (2005) y al ensayo Invocación a mi cuerpo (2003) se une ahora Pensar, este diario fragmentado que huye casi siempre del intimismo sin perder la fuerza lírica. Su estructura responde a una de las características que fue ganando intensidad en la prosa de Ferreira con el paso del tiempo: la fuerza de la elipsis, que nos conduce a la exploración de un nuevo límite: "Lo más importante de una obra de arte es lo que no se dice". Esta estructura fragmentaria, que tiene que ver con "lo impensable de nuestro tiempo", nos conduce por este diario sin indicaciones temporales, en el que conviven reflexiones sobre política o sobre el papel del intelectual a finales del siglo XX con numerosas referencias al acto de la escritura y la lectura, que Ferreira observa con la distancia de un hombre que se sabe al final de su vida (el libro original data de 1992, cuatro años antes de su muerte) y que conserva la lucidez y el escepticismo suficientes como para teñir de ironía cada una de sus observaciones.
Es, en suma, un libro para los amantes del género y, al mismo tiempo, para los amantes de la reflexión filosófica y la novela. Un libro en los límites de la posibilidad de pensar, que pone en tela de juicio casi todo, incluido el propio propósito expresado en el título del libro: "¿Y si fuese una enfermedad?". Una obra en la que se pone de manifiesto una explícita voluntad por intentar comprender la "verdad", aun sabiendo que se trata de una ficción. Tres centenas de páginas más que recomendables para los amantes de las fronteras, que asentirán con Ferreira cuando cierren el volumen y aún resuene en sus cabezas una de sus últimas frases: "Lo imposible es la medida del hombre".
(Antonio Sáez Delgado, 24/02/2007)
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Los pensamientos de Vergílio Ferreira surgen en el filo de lo impensable, con el poder iluminador del estilo que concibe la palabra como límite y posibilidad. Es imposible pensar o escribir ignorando que la palabra sólo es una aproximación a lo indecible. Ferreira sigue el modelo de Pascal, encadenando pensamientos que no pretenden urdir un sistema, pero que sí apuntan hacia un centro constituido por cuestiones fundamentales: la finitud, el cuerpo, la escritura.
Ferreira inicia sus ejercicios espirituales señalando los límites del conocimiento. Los límites del conocimiento son los límites del lenguaje. No hay un lenguaje trascendental, como la lógica, sino multitud de lenguajes, que definen las posibilidades del saber en cada cultura. El hopi es un idioma de Arizona que carece de términos para referirse al espacio y al tiempo. La síntesis trascendental de Kant sería inconcebible en un idioma que excluye estos conceptos. Ferreira sabe que el horizonte de su escritura se corresponde con la tradición lingüística y cultural a la que pertenece. Establecido este presupuesto, el pensamiento empieza a caminar. El escritor es un paseante, que observa el mundo y segrega ideas. La “casualidad de ir pensando” nos enfrenta en primer término con el cuerpo, que es nuestro vehículo de inserción en la realidad. El cuerpo es plenitud, goce, contemplación, pero también es cansancio, vejez, dolor. Tras unas especulaciones que evocan la fisiología de Merleau-Ponty, Ferreira inicia una meditación sobre la muerte. Dios es el nombre de nuestra perplejidad. Más cerca del primer Heidegger que del existencialismo de Sartre, Ferreira entiende que el hombre sólo se constituye en la expectativa de la muerte.
Es inevitable contrastar esta escritura con la de Pessoa. Pensar y el Libro del desasosiego surgen del mismo comercio entre el mundo y la conciencia. Es un comercio mediado por la palabra. En Pessoa hay melancolía; en Ferreira un vigoroso fatalismo. Pessoa considera que “el hecho divino de existir” no puede desprenderse del “hecho satánico de coexistir”. Ferreira cita el conocido aforismo de Sartre (“el infierno son los otros”), pero su escritura siempre apunta hacia el otro (como hombre) y hacia lo otro (como Dios... al que niega). Pessoa define la literatura como “la manera más agradable de ignorar la vida”. Ferreira escribe para “hacer posible lo real”. Escribir para no ser (Pessoa) o para ser, aunque sea sin motivo (Ferreira). Pensar es poesía esencial, filosofía que nace de la carne (como la escritura de Unamuno) y de una dolorosa sensibilidad que se resiste a desaparecer, sin manifestar su gratitud ante la belleza del mundo.
[Rafael NARBONA, elcultural.es]
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Vergílio Ferreira
Para siempre

Para siempre es el libro del recuerdo y del espacio eterno de la intimidad, un largo monólogo hecho de silencio y ausencia. Desde el intenso lirismo de su prosa, Vergílio Ferreira afronta la meditación sobre la existencia y vuelve a iluminar a esa mujer, siempre ausente, que acompaña la experiencia vital. En la frontera entre la ficción y la crónica, el autor portugués crea un escenario de mundos posibles donde lo autobiográfico sirve de motor narrativo a una voz que, desde la soledad y la evocación, analiza su propia individualidad, y en la que la memoria es lo único capaz de sustentar el presente. (Nota editorial.)
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En esta novela de la infancia perdida y del dolor, Vergílio Ferreira se sitúa en la perspectiva de un narrador que ve lo que ya no existe y reflexiona acerca de lo que nunca fue. El novelista portugués deslumbra al construir un sujeto y enfrentarlo a las paradojas del mundo.
Las especulaciones existenciales encerradas en el frasco de Invocación a mi cuerpo (1969), el anterior título traducido por Acantilado, hacen ahora las veces de impasse entre aquella elegía deslumbrante al cuerpo humano, En nombre de la tierra (1990), la novela con la que la editorial inició en 2003 su feliz apuesta por el maestro portugués, y la que ahora traduce, Para siempre (1983), una de sus obras incontestables, atrapada como la anterior en el laberinto de la soledad, y en esa atmósfera afectiva solipsista y asfixiante que los obsesivos narradores de Ferreira urden sin remedio. En nombre de la tierra recogía no pocos frutos maduros ya en Para siempre y hasta en novelas anteriores: João, el anciano prisionero de su memoria que medita, senequista, en torno al paso del tiempo y a la decrepitud del cuerpo hasta la muerte, y que le escribe en forma de monólogo una imaginaria carta de amor a Mónica, su esposa fallecida (siempre la epistolaridad latente en la obra de Ferreira), tiene su precedente en el narrador de la novela que ahora nos ocupa, Paulo, obligado a invocar el recuerdo de su infancia desde la atalaya de su vejez, y asimismo castigado por el destino a sobrevivir a su esposa Sandra y a tejer un monólogo trufado de aflicciones morales (la muerte de su madre, el extravío de su hija Xana), ausencias evocadas, amarguras y fantasmas del pasado que en realidad no se asoman sino para revelar su frustración.
El narrador ve lo que ya no existe y reflexiona acerca de lo que nunca fue. Ferreira deslumbra de nuevo en la tarea de construir el sujeto y enfrentarlo a las paradojas y trampantojos de un mundo cosmogónico y genesiaco que Paulo trata de ordenar mediante su discurso monológico y meticuloso, que avanza por la página, con su fraseo breve y asindético, como los compases de la partitura de un quinteto de viento de su admirado Telemann, ahora irónico como el rigodón, grave después como la gavota, siempre solemne hasta el adagio en el réquiem final.
Del barroco toma prestado también, de la mano de sus lecturas de oratoria sagrada y de poesía clásica en sus años de seminario, el motivo de las ruinas, el del menosprecio de corte y alabanza de aldea (Paulinho anhela el pueblo de su infancia; Sandra pertenece a la ciudad), la querencia hacia la idea del tiempo omnipresente, el recurso a la memoria artificial (Mnemosyne tiñe de nostalgia hasta la última página del libro) y el obstinado protagonismo de la muerte, que llega al cuerpo de Sandra, descrita en quevedescas sucesiones de difunto, entre la mueca y la nada.
En contrapunto, Vergílio Ferreira concibe capítulos de un lirismo extraordinario, como el de la ternura junto al enfermo ("Dios me arde en la yema de los dedos. Mi palma se abre, un calor de sangre cóncavo de mi poder. Toda la fuerza milagrosa de la leyenda y el prodigio, mi mano, la poso en tu frente. Y una claridad de sonrisa, lenta, como el indicio del día. Al fluido intenso de mi fuerza, moviéndose en el despertar primordial del universo"), el del día en que el narrador se declaró a su esposa, entre letanías en latín y olivos oscuros, o el que evoca la anunciación del embarazo de Sandra, que se diría una glosa del fresco del Beato Angélico.
Una sintaxis sincopada con frases truncadas, la ambigüedad que produce en su prosa el juego con las personas gramaticales, las descripciones conductistas, añagazas todas aprendidas en sus lecturas de Faulkner y del nouveau roman, crean una insólita sensación de inmediatez, a la vez que le proporcionan al texto una intensidad emocional que sólo los escritores más grandes son capaces de regalarle al lector: "Estoy triste hasta la muerte. Cristo entre los olivos sin encargos de redención. He de ir a abrir los cobertizos. He de ir a cerrar las ventanas. He de. Estoy bien. Enciendo un cigarrillo, miro la mole de la montaña. Es grande. Tarde inmóvil de calor".
Esta novela de la infancia perdida y del dolor, del silencio que queda después de haber consumido todas y cada una de las palabras imaginables en un monólogo perfecto que aspira a la catarsis y empieza y acaba escribiendo 'para siempre' porque se quiere trascendente, es una fiesta literaria y un derroche de talento.
[Javier Aparicio Maydeu, El País, 10/9/2005.]
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Vergílio Ferreira
Invocación a mi cuerpo
Escribo al impulso de los temas que se me van imponiendo según las diversas ramificaciones de lo que quiero decir. Pero lo que quiero decir es breve, y por eso retorno a ella constantemente, giro en torno a ella, pequeña luz en la gran noche.
El gran escándalo de la Vida es que la vida soy yo... Me arranco a mí mismo en el acto de saberme, pero ese extraordinario milagro es el milagro del mundo, y jamás podré entenderlo. De la piedra a la reflexión hay un salto y una continuidad.
Vergílio Ferreira
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Para el escritor portugués Vergílio Ferreira, la distinción entre géneros literarios no es más que una ilusión óptica. De ahí que Invocación a mi cuerpo reúna crónicas políticas, prosas poéticas, disquisiciones filosóficas y fragmentos de diario íntimo.
Hace ahora un año que tuvimos la ocasión de celebrar la traducción, también en Acantilado, de En nombre de la tierra (1990), una bellísima novela ahogada en lirismo y construida sobre la base de la repetición obsesiva y del cuerpo en tanto que metáfora de la vida humana. Acerca de la impronta de las lecturas existencialistas de Ferreira en aquella novela existe duda, y sin embargo la voz cantante no la llevaban en el texto las ideas en torno a la esencia modelada en el torno del tiempo, sino el vigoroso discurso introspectivo del anciano João, narrador de su propia historia. En Invocación a mi cuerpo (1969), en cambio, las disquisiciones sobre el ser, la nada, la conciencia y la esencia deambulan desnudas por el texto, sin el disfraz de la ficción que tan sabiamente cubría las veleidades filosóficas del autor portugués en En nombre de la tierra y sabiéndose la genuina razón de ser de una obra de inequívoca vocación ensayística, concebida bajo los efectos estimulantes de las lecturas de Heidegger, Malraux, Camus y Sartre, a cuya difusión en lengua portuguesa había contribuido muy pocos años antes con su sesudo prólogo a la traducción de L'existentialisme est un humanisme (Presença, Lisboa, 1962), titulado Da fenomenologia a Sartre. La hipertrofia de un yo omnipresente recuerda aquel sensacionismo de Álvaro de Campos, avalando la presencia, siquiera estilística, de Pessoa en la obra de Ferreira, pues al fin y al cabo "en el triste desaliño de mis emociones confusas", como escribe Bernardo Soares en el Libro del desasosiego, nace, crece y perece esta Invocación a mi cuerpo, que se asemeja tanto a ese estilo escindido en diario íntimo y ensayo que hizo suyo el poeta de Lisboa.
En efecto, un yo solipsista y fenomenológico -"el misterio de mi yo es real, porque a mí mismo no me puedo mentir" (página 99)- conduce este texto abigarrado, que se alimenta de forma exclusiva de las inquietudes existenciales y los devaneos metafísicos de Ferreira, consagrado a dar rienda suelta a su mente de tal modo que algunas páginas de esta Invocación a mi cuerpo, es el caso de 'Oda a mi cuerpo' (páginas 299-348), pasan por ser fragmentos de diario personal -como los que escribiría desde 1969, fecha de aparición de la obra que nos ocupa, con el título de Conta-corrente- y otras en cambio pertenecen de forma clara al ensayo filosófico ('La verdad absoluta', páginas 29-41, o 'Cuatro mitos modernos', páginas 155-287, textos acerca de la acción, el erotismo, el arte y Dios), a la prosa poética ("Estrellas de mi corona por el espacio del cielo nocturno, magnitud del silencio de mi reino, yo solo [...], y el antes de su absurdo y finito y miserable pedazo de carnel...", de 'Libertad', páginas 137-155), o la crónica política, que cierra el volumen, entre alusiones a Castro, Cohn-Bendit o Ho Chi Minh, con una pieza titulada 'Post Scriptum. Sobre la revolución estudiantil', que contribuye con notable eficacia al carácter misceláneo del volumen ahora traducido. Si se tiene en cuenta que en una ocasión le preguntaron a Vergílio Ferreira en qué género se sentía más cómodo, y contestó: "¡Créame que la distinción entre géneros no es sino una ilusión óptica!", la constatación de que este libro resulta harto significativo de la personalidad de Ferreira no ofrece duda. Ahora bien, si de lo que se trata es de aclimatar su obra en el mercado español, seguramente no es éste el título más propicio para suceder a la vertiginosa novela En el nombre de la tierra. Otras novelas suyas, como Alegría breve (1965), que ya tradujo Basilio Losada para Seix Barral allá por 1973, o hasta Signo sinal (1979), su gran metáfora de la Revolución de los Claveles (Aparición sigue en el catálogo de Cátedra), hubiesen contribuido mejor a afianzar la prosa exquisita de Ferreira que este conglomerado de especulaciones filosóficas que, aun conteniendo textos espléndidos sobre el arte, el tiempo o la confrontación entre hombre y Dios, no deja de ser un hueso duro de roer, enojoso incluso en los primeros capítulos, que desorientará o hasta disuadirá a quienes disfrutaron con el texto primoroso de En nombre de la tierra. Vaya uno a saber si es el criterio del editor, la voluntad de los estates o la disponibilidad de los derechos el motivo de que haya sido éste el libro traducido a continuación. Ferreira tiene aún mucho que ofrecer a los lectores exigentes que, como Kundera, piensan que "el conocimiento es la única moral de la novela". Aguarden y verán.
[Javier Aparicio Maydeu, El País, 22705/2004.]
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Vergílio Ferreira
En nombre de la Tierra

Es un libro lúcido y terrible sobre la vejez, el amor vivido en términos absolutos y la capacidad de la palabra para crear. En él nos habla un hombre solo, recluido en un asilo, que decide recordar—sobrevivir recordando—el pasado que fue (Mónica, los hijos, el trabajo, algunos tipos pintorescos como el revolucionario Salus) e ir más allá, crear el pasado que nunca fue, que pudo ser, que la fuerza del verbo hace que ahora y definitivamente sea. Con ello asistimos también a la realidad terrible del presente: el fingido interés de los hijos, la sordidez del asilo, la realidad fantasmal de los viejos que lo habitan, la solicitud maternal y lacerante de las enfermeras y, sobre todo, la sobrecogedora epifanía del propio cuerpo, envilecido ahora y antaño transcendente, cuerpo substancial como la tierra, absoluto y sexual, única posesión en donde el hombre se vive a sí mismo y por el que intenta abarcar todo lo demás. Vergílio Ferreira es una de las voces fundamentales de la Europa contemporánea, y con esta novela, Acantilado empieza la publicación de sus obras.