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lunes, 29 de marzo de 2010

Entrevista con Calasso: el talento vienés

Entrevista con Roberto Calasso
Carlos Alfieri
[La Jornada Semanal, domingo 3 de abril de 2005 núm. 526.]

Un modo de pensar narrando

Son muchos los méritos que sitúan al italiano Roberto Calasso (Florencia, 1941) en un lugar sobresaliente entre los intelectuales europeos de nuestros días. Su abordaje de la mitología griega o india, sus estudios acerca de grandes pensadores y escritores en particular del mundo germánico constituyen una admirable interpenetración del ensayo filosófico, la crítica literaria y la más genuina escritura de ficción. No deriva de ello el conglomerado más o menos vagaroso que en ocasiones es el resultado de la fusión de géneros; por el contrario, la finísima inteligencia de Calasso se sirve de la más severa autoexigencia y de la precisión para iluminar los rincones más recónditos de los objetos de su reflexión, para ensanchar sus interpretaciones hasta revelarnos lo que nunca habíamos visto en ellos. Su rigor intelectual no sólo se pone de manifiesto en sus libros: como responsable de la Editorial Adelphi, uno de los sellos más prestigiosos y exquisitos de Europa, ha sabido estructurar un catálogo de obras esenciales, muchas de las cuales permanecían ocultas a la mirada de la mayoría de los lectores.

Casi todos los libros de Calasso han sido publicados en castellano por la editorial Anagrama: La ruina de Kasch (1983), Las bodas de Cadmo y Harmonía (1988), Los cuarenta y nueve escalones (1991), Ka (1996), La literatura y los dioses (2001), y el más reciente, K. (2002), excepcional relectura de la obra de Kafka, aparecido en España en 2005. Por su parte, la editorial mexicana Sexto Piso publicó en 2003 su primera obra, El loco impuro (1974), y en 2004 una selección de textos preparada especialmente por él y aparecida primero en español: La locura que viene de las ninfas y otros ensayos. [Posteriormente a esta entrevista se ha traducido también Cien cartas a un desconocido y Rosa Tiépolo(2003).]

Invitado por la Fundación "la Caixa" para participar en el ciclo En torno a los grandes maestros de la crítica literaria del siglo XX: repensando la Weltliteraturņ, que organizó la entidad catalana en el marco del Año del Libro y la Lectura 2005, Roberto Calasso permaneció un par de días en Barcelona, oportunidad en la que fue realizada la siguiente entrevista.

En el ensayo "Monólogo fatal", que abre su libro Los cuarenta y nueve escalones, al comentar el Nietzsche, de Heidegger usted describe la manera en que éste se aproxima al autor de Ecce homo como "una maniobra envolvente, con su capacidad de absorber cualquier discurso ajeno en el propio lenguaje, sustituyendo la acometida del espadachín por el movimiento del pulpo". ¿Cómo se acerca usted a los textos en su trabajo exegético? ¿Emplea más el movimiento del pulpo o el ataque del espadachín?

Hay también muchas otras posibilidades, sobre todo zoológicas. Además, la estrategia cambia en cada libro. Para un escritor lo esencial es la forma. Decía Nietzsche que lo que para todas las personas es el contenido para el escritor es la forma, y lo que para los otros es la forma para el escritor es el contenido. Se piensa la forma y se la cambia cada vez que se estima necesario.

En otro texto de ese mismo libro, La sirena Adorno, denuncia "una cierta actitud policíaca de la más ilustrada cultura italiana", y asevera que "la parte más audaz e imaginativa" de dicha cultura la encarnan las editoriales, mientras que "la más refractaria y hostil al trabajo conceptual" podrían constituirla los grandes y pequeños académicos. ¿Sigue pensando así? Le pregunto porque ese texto lo escribió en los años setenta.

Cierto. En ese entonces era más evidente, pero los rasgos fundamentales de esa situación permanecen. De todos modos, creo que en parte lo mismo ocurre en España y en otros países. Pienso que la calidad intelectual de un país se manifiesta más en sus editores que en el mundo académico.

En su caso, ¿la tarea de editor es una faceta más de la de crítico y escritor o más bien de la de lector?

El oficio de editor no es un aspecto de otra actividad sino algo que debe ser considerado en sí mismo, con total autonomía. Acerca de lo que significa ser editor he escrito un ensayo que se llama "La edición como género literario", que forma parte del libro La locura que viene de las ninfas, publicado por la editorial Sexto Piso, de México. Allí digo lo que pienso sobre ese tema.

Su escritura oscila entre la ficción, la crítica y el ensayo filosófico. ¿Ha encontrado en ese género abierto y mestizo el camino más idóneo para elaborar una particular teoría del conocimiento?

Creo que en La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka y K., que hacen un conjunto de cerca de 2 mil páginas, practico un modo de pensar narrando. En todos ellos. Es mi forma. Ahora bien, si es o no el camino más idóneo sólo lo puede decir el lector.

Me parece que tal vez sea K. el libro que mejor revela su método de trabajo, que es, en un cierto sentido, la reescritura. Tengo la impresión de que en él no interpreta la obra de Kafka: suplanta a su autor para volver a escribirla. ¿Se trata de un heroico intento de conocer a través de la fusión con el objeto del conocimiento?

No he usado jamás la palabra reescritura. No me interesa. No es mi método de trabajo. No es necesario reescribir a Kafka: sería ridículo. Lo mío es una tentativa de comprender qué sucede en las historias que Kafka cuenta, cuál es el verdadero objeto de esas historias, que no queda muy claro en los muchísimos libros sobre Kafka que se han escrito.

Su concepto de "literatura absoluta", en cuanto literatura no funcional, parece emparentarse con el del arte por el arte característico del decadentismo de finales del siglo xix. ¿Son asimilables en cierto modo ambos conceptos?

Bueno, l'art pour l'art es una teoría que aparece en Francia a partir de Gautier, en el famoso prólogo que escribió para su novela Mademoiselle de Maupin, en 1835, y es obviamente importante como tentativa de refutar toda noción de utilidad del arte. Pero la concepción de literatura absoluta es mucho más vasta, más complicada, como traté de precisar en mi libro La literatura y los dioses. El arte por el arte era un argumento polémico propio de aquel momento; el mismo Baudelaire no sentía necesidad de utilizar ese término, aunque participaba perfectamente del concepto. Sin duda, en el París de aquella época őque era el centro de esta polémica literariaő se extendió ese tipo de sensibilidad artística, pero el concepto más amplio de literatura absoluta nace con los primeros románticos alemanes y llega hasta Mallarmé.

¿Puede entenderse la "literatura absoluta" como una forma sustitutiva de lo sagrado en una época absolutamente desacralizada?

La literatura no sustituye nada. Simplemente, mientras en el curso de la historia occidental la literatura aparecía siempre en función de cualquier otra cosa, a partir de un cierto momento se corta esa relación de funcionalidad y subsiste sola, sin obligaciones sociales, y tendencialmente en contra de la sociedad misma. Lo sagrado es otra cosa.

La literatura es autorreferencial, pero al mismo tiempo su existencia presupone ciertos lazos con el mundo. ¿No sería más propio identificarla como un mundo paralelo que conserva siempre conexiones enigmáticas con el mundo?

No existe nada completamente autónomo, porque necesitamos respirar, comer, etcétera. Creo haber escrito en alguna parte, tal vez en La literatura y los dioses, que la literatura es un poco como el estómago del avestruz, donde se encuentran los ingredientes más extraños y dispares. Todo lo devora y lo incorpora de otra manera. Es un falso problema debatir sobre si la literatura es independiente o forma parte de una realidad más amplia. Lo importante es que no esté en relación de servidumbre con la sociedad, que no tenga una función de ilustración, de obediencia respecto de ella.

¿Sólo la analogía permite apresar el corazón de la literatura?

Existen por lo menos cien caminos, como dice un antiguo texto indio. No creo que se pueda nombrar sólo uno, porque la literatura se sirve de todo, como un bricoleur.

¿Podría decirse que Nietzsche fue un notable escritor antes que un filósofo?

Hasta un cierto punto se pierden estas diferencias, y Nietzsche inventó la forma del filósofo artista. Él no quería ser profesor de filosofía. El pensamiento no es el oficio del profesor de filosofía, es el oficio de todos. Y Nietzsche era uno entre tantos.

¿Diría que la literatura ha eludido con éxito todas las metodologías críticas őpor ejemplo, de anclaje estructuralista, semiológico, marxista, psicoanalítico... que ha desplegado el siglo XX para tratar de capturar su esencia? Si fuera así, ¿por qué?

Los más grandes críticos del pasado siglo son generalmente escritores: Gottfried Benn, Proust, Borges, Hofmannsthal, Brodsky, Auden, Mandelstam, Valéry. Son todos escritores que hablan de otros escritores, no utilizan metodologías críticas, escriben muy caprichosamente. Si comparamos los textos de estos escritores con los de críticos de filiación semiológica, o estructuralista aunque ya no se dice estructuralistaő, o de cualquier otra corriente, los mejores estarán claramente del lado de los escritores. No recuerdo un solo libro esencial que haya nacido en el seno de alguna de esas disciplinas críticas.

Proust y Kafka están situados en lo más alto de su altar literario personal en lo que se refiere al siglo XX. ¿No le atribuye a Joyce análogos méritos para figurar en ese lugar?

Obviamente, Joyce es un gran escritor. Pero no ha desempeñado en mi vida el papel esencial que cumplieron los otros dos.

¿Quiénes serían los representantes actuales de la literatura absoluta?

Sólo puedo decir que actualmente escritores mayores, en el sentido más alto del término, existen pocos. Atravesamos un momento muy vivaz, pleno de libros buenos, bien hechos, y escaso de grandes libros. Hay muchos que se leen con placer, los hay incluso divertidos, pero no abundan los libros de verdad grandes.

Me gustaría conocer su opinión sobre algunos escritores italianos: Anna Maria Ortese, Dino Buzzati, Carlo Emilio Gadda, Giorgio Manganelli.

Tres de esos cuatro autores los hemos publicado en Adelphi, y de la Ortese y Manganelli editamos toda su obra. La Ortese, creo, es una de las escritoras más importantes de la lengua italiana. Por muchos años ha estado un poco olvidada, y después, en los últimos años, por fortuna ha sido revalorizada, sobre todo a través de su libro quizás más bello, El colorín afligido. Y es también una gran escritora de prosa no narrativa; por ejemplo, hemos publicado un libro de viajes suyo, La lente oscura, que tiene algunos textos verdaderamente magníficos. Hay dos escritoras italianas muy singulares, más o menos de la misma época (digamos entre 1940 y 1980): Anna Maria Ortese y Elsa Morante. Son dos figuras un poco visionarias, muy solitarias que, estoy convencido, permanecerán en la historia de la literatura italiana. Manganelli era un impresionante virtuoso de la lengua, una especie de excepcional escritor barroco, un inventor de mundos de lo más bizarros que aparecen en sus novelas, y al mismo tiempo un crítico agudísimo. Es autor de un libro que se llama La literatura como mentira, en donde pone de manifiesto su notable capacidad crítica. A Buzzati lo conozco menos, y prefiero mantener en suspenso mi juicio sobre él. En cuanto a Gadda, es tal vez el mayor escritor italiano del siglo xx. Su obra es la más ramificada, la más compleja, y única, creo. De estos cuatro autores, por lo menos a tres los admiro enormemente.

Ha sido alumno de Mario Praz, amigo de Bruce Chatwin y trató a Ingeborg Bachmann. ¿Qué rasgos de ellos recuerda con más persistencia?

No sólo traté a Ingeborg Bachmann: fue una querida amiga. Pero lo que me pregunta es muy delicado; no cuento historias de mis amigos. Si un día me decido a contarlo lo haré directamente, quizás en un libro.

La literatura austríaca parece haberle interesado siempre de manera especial.

En 1971 publiqué, traduje y escribí una introducción a los aforismos de Karl Kraus; fue la primera edición en el mundo, un grueso volumen. Evidentemente, Kraus es como el centro de Viena. Si usted mira el catálogo de Adelphi comprobará que los escritores austríacos ciertamente no faltan. Y creo, en general, que en torno a Viena, entre los años 1890 y 1930 se dio una concentración espectacular de talentos. Tengo, entonces, una inclinación personal por esa literatura, pero también se trata simplemente de una constatación objetiva de su importancia. Diría que Adelphi ha sido la primera editorial que ha realizado el intento de presentar la constelación vienesa en todos sus aspectos, de la literatura a la arquitectura (Adolf Loos), de la filosofía (Wittgenstein) a la prosa breve (Polgar, Altenberg). Y esto ocurrió con algunos años de antelación respecto de los otros países europeos, incluida Alemania. De muchos de estos autores he escrito en mis ensayos, por ejemplo en los de Los cuarenta y nueve escalones. Y han formado parte importante del programa editorial de Adelphi.

¿Y Musil?

Bueno, El hombre sin atributos ya había sido publicado muchos años antes por Einaudi. Pero hemos publicado en los años setenta me parece que en 1973, por ejemplo, antes que apareciera en Alemania, la tesis que escribió Musil en la Universidad sobre Mach, que es muy importante. Sin embargo, debo agregar que El hombre sin atributos lo publicó Einaudi sobre la base de un informe de lectura proporcionado por Roberto Bazlen, un hombre genial que está en el origen del programa de Adelphi y que no publicó nada durante su vida, pero era un lector omnívoro e iluminado. Para Bazlen, Musil era un autor esencial ya antes de la guerra.

¿Podría adelantarme algunos de los libros que publicará Adelphi durante 2005?

Claro. Son libros muy diversos. Por ejemplo, reeditaremos a un escritor italiano importante, Goffredo Parise.

Recuerdo un libro-reportaje suyo de los años sesenta, Cara Cina. Tengo la impresión de que es un autor un poco olvidado.

No, ahora regresa. La década de 1960 fue la época de su surgimiento. Su obra es muy variada. Ahora publicamos una colección de retratos, pequeños ensayos y escritos varios. También podría nombrarle a una joven escritora canadiense, aún desconocida, Miriam Toews, de quien publicaremos una novela apenas aparecida en América, de extraordinaria calidad. Otro autor muy interesante e ignoto hasta ahora es el sardo Salvatore Niffoi. Y hay un libro nuevo de Kundera, un bellísimo ensayo sobre la novela y su historia. Se titula Il sipario (El telón); nuestra edición aparecerá poco antes de la francesa. Continuaremos publicando a Simenon, una vasta parte de la inmensa obra de este gran escritor. Acabamos de publicar un volumen de los Escritos póstumos, de Schopenhauer, poco conocidos y preciosos; la nuestra es la primera edición mundial fuera de Alemania. Y también Malamoud, el indólogo francés. En fin, como puede constatar, se trata de direcciones muy diversas.

Una última pregunta, ¿cuáles fueron sus estudios formales?

Me he graduado en Literatura inglesa por la Universidad de Roma, con Mario Praz, con una tesis titulada Los jeroglíficos de Sir Thomas Browne, acerca de la teoría hermética de los jeroglíficos y sus relaciones con la literatura. Esta tesis será publicada por la editorial mexicana Sexto Piso. Se trata de un trabajo tanto literario como de historia de las ideas.

domingo, 28 de marzo de 2010

Roberto Calasso: el crítico literario en "estado maestro"

No sensaciones sino leyes es lo que encontramos en el corazón de esta percepción que distingue al escritor de todo otro ser, y lo impulsa a observar las cosas del mundo con esa concentración maníaca que evoca a un amante o a un espía.

Calasso, Kafka y una larga serpiente de páginas
Fecha de publicación: Marzo, 2010
Entrevistado por Cristóbal Florenzano V. y Alfonso Iommi

En el segundo piso de un interno, a un par de cuadras del castillo de la familia Sforza, en el centro de Milán, tiene sus oficinas la editorial Adelphi. Ahí trabaja hace más de 40 años Roberto Calasso. Es el editor, hoy en día honorario, de la “Biblioteca Adelphi”, una de las colecciones más finas y singulares de la historia editorial contemporánea. La “Biblioteca” está compuesta por una variedad enorme de títulos entre los cuales se cuentan tratados japoneses sobre el arte del teatro, novelas policiales, textos religiosos tibetanos, nouvelles olvidadas del fin de siglo vienés, manuales de etología, además de muchas de las mejores novelas publicadas en distintos lugares del mundo durante los últimos cincuenta años. Por detrás de la anómala reunión de títulos se asoma la sorprendente figura de Calasso como lector. Quienquiera haya tenido la suerte de leer alguno de sus libros ha podido observar, además del hondo alcance de sus lecturas, la inteligencia y delicadeza con que suele acuñar sus observaciones en ensayos que desbordan los lugares comunes de la cultura literaria establecida. Si escribe acerca de Heidegger, lo hace sin apoyarse en la oscura retórica del profesor, y preguntándose por la relación que mantiene su metafísica con una botella de Coca-Cola. Cuando escribe sobre Robert Walser monta un hábil juego de espejos de manera que los raros mundos del suizo se refractan en un viejo mito persa en el que siete hombres duermen profundamente en una cueva. Cuando escribe sobre Kafka, esquiva con gracia las certezas acumuladas de la crítica, y proyecta sus textos sobre fondos de asociación extraños, como el de las narraciones alegóricas de la mitología hindú.

Hace pocas semanas la “Biblioteca Adelphi” publicó su libro número quinientos: un ensayo del mismo Calasso acerca de la pintura del Tiepolo. Según cuenta, todos sus libros a partir de La Ruina de Kasch forman parte de un sólo gran libro que partió escribiendo a comienzos de los años 80. Con independencia del parejo standard de lucidez crítica y precisión expresiva que alcanzan sus textos, no es fácil para uno, como lector, discernir la supuesta unidad interna de sus obras. Muchas veces, sin embargo, durante la conversación, Calasso volvió sobre la idea de que sus distintas publicaciones forman parte de un sólo extenso trabajo. Hace un par de semanas comentó, en una entrevista al diario La Repubblica, que uno podía imaginar sus distintos ensayos como “una sola y larga serpiente de páginas”.

Una tarde de insoportable calor en julio Calasso nos recibió en su oficina, mucho más llana y amablemente de lo que esperábamos. Después de preguntarle, de manera más bien infantil, por las amistades que mantuvo con Joseph Brodsky, Mario Praz, Bruce Chatwin la conversación se enfocó en K., el largo ensayo sobre Kafka, que publicó el 2002 en Adelphi, y la editorial Anagrama ha editado en español.

-K. es el primer libro en muchos años que usted dedica enteramente a interrogar la obra de un sólo autor. ¿Por qué le interesa tanto Kafka?

De alguna manera K. es la contraparte de Ka. Forma parte de un trabajo en varias partes que empecé a escribir con La Ruina de Kasch. Todas las partes se bastan a sí mismas y abordan asuntos distintos que están, sin embargo, invisiblemente ligados. De alguna manera Ka fue el libro de la máxima expansión. En el mundo de la mitología hindú tú encuentras un proceso de multiplicación de los doce dioses del Olimpo, primero a un mínimo de 33 y luego a varios miles de dioses. Todo se multiplica cuando uno se enfrenta con India. Con Kafka uno se enfrenta al movimiento opuesto: con aquello que los científicos de la computación llaman compresión. La compresión de un algoritmo en la mínima unidad. Ese es un problema que me ha parecido siempre fascinante. Desde hace mucho tiempo arrastraba la intención de escribir acerca de Kafka pero lo evité durante años hasta que después de haber escrito Ka me dieron ganas de escribir un libro que corriera en una dirección diametralmente opuesta. El paisaje sobre el cual Kafka escribe sus libros es el paisaje más despojado y comprimido que es posible imaginar. Y me dieron ganas de ver qué pasaba si es que uno se internaba en una dirección en la cual Kafka se adentró de manera muy radical.

- La simplicidad de Kafka es, sin embargo, una simplicidad engañosa pues encierra a la vez problemas de sentido y de lectura más o menos complejos.

Por supuesto, es una simplicidad que supone al mismo tiempo una riqueza y una complejidad que no es, desde mi punto de vista, comparable a la de ningún otro escritor del siglo XX. En términos de profundidad de pensamiento, los libros de Joyce son un jardín infantil puestos al lado de los libros de Kafka. Quizás no desde el punto del uso del idioma inglés, o de la habilitación de nuevos recursos estilísticos, o desde otros puntos de vista. En términos de pensamiento, sin embargo, me parece que Kafka representa un punto máximo que se alcanzó a muy poco tiempo de haber comenzado el siglo XX y luego no se volvió a igualar. En el libro traté de acercarme a su obra de una manera que no se había intentado antes. Traté de hablar acerca de lo más misterioso que hay en la obra de Kafka que es simplemente acerca de qué demonios está hablando. Esa es la pregunta importante en Kafka: acerca de qué habla en sus libros. Es algo muy difícil de esclarecer. Qué es lo que pasa, por ejemplo, en libros como El Castillo o El Proceso. Lo que hice fue meterme en estos textos y seguirlos paso a paso tratando de entrar en el flujo sanguíneo de estas historias, sin adoptar el punto de vista de un ensayo tradicional, sino a través de una suerte de narración paralela que va observando minuciosamente a los personajes, las distintas escenas y el protagonismo que van adquiriendo ciertas palabras.

- En el libro usted observa que al leer a Kafka tenemos todo el tiempo la impresión de que algo esencial ha sido dicho sin saber sin embargo de qué se trata.

Claro, es algo que ocurre con mucha intensidad durante la lectura de El Castillo, por ejemplo. Hay ciertos pasajes en Kafka que uno puede mirar durante años y no estar nunca seguro si acaso ha logrado entender mínimamente bien. Pasajes que quedan atrapados, dando vueltas en la memoria durante mucho tiempo sin que uno logre nunca entender del todo por qué. Hay, por ejemplo, una frase que aparece en uno de sus textos que a mí me ha intrigado desde que la leí que dice: “El mal es el cielo estrellado del bien”. No he encontrado a nadie tampoco que haya propuesto una interpretación iluminadora al respecto. Y esto es algo que ocurre mucho cuando uno lee a Kafka: encontrarse con afirmaciones que son, por alguna extraña razón, reveladoras a la vez que profundamente opacas.

- Muchas veces son textos que se resisten a cualquier tipo de interpretación.

Sí, por supuesto. Siempre que se ha querido entender la obra de Kafka en referencia a un contexto histórico o intelectual determinado los resultados son muy decepcionantes. No sólo la lectura de su obra en clave existencialista, que es una cuestión a estas alturas bastante grotesca, sino también los intentos de convertirlo en algo así como el pensador judío por excelencia. Algo que por supuesto no fue. Kafka mantuvo una relación muy cautelosa con su origen judío. Nunca quiso subrayar este aspecto en sus textos. En algún momento dice que es necesario encontrar una nueva cábala, pero una cábala que solo él practicara. Le interesaban mucho más, por ejemplo, la cultura judía bohemia de sus amigos actores judíos, el teatro Yiddish y otras cosas así.

- En K. usted desentierra algunos registros que alteran la imagen habitual de Kafka como un escritor del peso muerto y el sofoco. El libro termina apuntando hacia una imagen de Kafka más liviana y luminosa parecida a la que rescata Italo Calvino en su Apuntes para el Próximo Milenio.

Hay muchos aspectos de Kafka que han sido olvidados o no han sido nunca lo suficientemente percibidos. En el último capítulo le presto atención a un episodio que es clave en la vida de Kafka que corresponde al momento en que ha descubierto su enfermedad y se va a descansar a una casa de campo donde está su hermana. Es el único momento en que, según el mismo dice, Kafka disfruta de un mínimo de paz y tranquilidad. No está la familia alrededor, no hay oficina, mujeres, ni aflicciones de ninguna especie. Sólo animales que se pasean por las calles de un pueblo semi abandonado. En ese contexto, Kafka escribió textos que, en mi opinión, equivalen a la cumbre de su pensamiento: los Aforismos de Zürau. Son textos muy breves que solían ser editados de manera continua, en no más de 10 o 12 páginas, de tal manera que terminaban confundiéndose y perdiéndose al interior de otros textos. Trabajando en la biblioteca Bodleiana, en Oxford, donde se guardan muchos de los manuscritos de Kafka, descubrí por casualidad la manera en que estos textos habían sido originalmente escritos. Cada uno de los aforismos había sido escrito en una hoja separada. En Adelphi decidimos editar los textos como un libro en sí mismo en donde cada uno de los aforismos figurara por separado. El efecto que produce su lectura en esa forma es muy poderoso y completamente distinto al que se genera al leerlos todos juntos en un largo bloque. En estos textos Kafka aparece bajo una luz bastante única y extraña. Habla mucho de problemas teológicos, acerca del árbol del bien y del mal, acerca del paraíso, de la pérdida del paraíso. Durante ese período escribe esa línea acerca de la diosa de la felicidad que dice: “Hora preciosa, estado maestro, jardín vuelto salvaje. Das vuelta a la casa y, corriendo por el sendero del jardín, viene a tu encuentro, la diosa de la felicidad”. Es un pasaje muy raro pues hasta dónde yo entiendo es el único lugar en donde Kafka habla de la felicidad. Es algo que está completamente ausente en sus escritos previos al período de Zürau.

- ¿En qué escritores posteriores cree usted es posible reconocer la huella de Kafka?

En el caso de Kafka es una pregunta difícil de responder pues una de sus particularidades es la pureza de la soledad en la que escribió su obra. En términos de lenguaje, si es que uno mira el estilo de Kafka solo en sus textos más tempranos es posible advertir la influencia de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, hay algunas huellas del expresionismo. Pero ya después todos sus textos están escritos en un alemán clásico impecable al que es muy difícil encontrarles un parangón. El alemán en que están escritos los textos de Kafka es un alemán muy clásico, muy preciso, hasta despiadado, que se parece bastante al alemán de Kleist, que era un autor que le gustaba particularmente. No puedo pensar en nadie que haya escrito después que Kafka en un alemán de tal precisión y pureza.

- ¿Cómo entiende usted la observación que hace Elías Canetti en su ensayo sobre Kafka cuando escribe que: “De todos los expertos en poder, Kafka es el mayor de todos”?

Creo que estoy de acuerdo con Canetti en eso. Kafka es el gran experto del poder. Yo añadiría, eso sí, que poder en las dos acepciones que la palabra, Macht, tiene en alemán. Macht, por una parte, es poder en el sentido de poder político pero es poder también en el sentido de potencialidad. Kafka es el más grande maestro respecto del tema del poder en la literatura del siglo XX, pero también es un maestro de las posibilidades asombrosas que los hombres llevan dentro.

-En el libro usted dice que está más interesado en reproducir el misterio de la obra de Kafka que en explicarlo.

Claro, porque la crítica literaria debiese ella misma ser literatura. Es decir, si uno lee los ensayos de Baudelaire, o de Benn, o de Auden, uno se encuentra con literatura. No se encuentra con piezas que observan las obras literarias desde afuera, o que tratan de extraer la verdad científica, profunda, de un texto pues eso no tiene ningún sentido. Lo que estos textos de reflexión literaria hacen es desplazar el enigma de la obra a través de otros enigmas. Forma parte de la naturaleza misma del enigma el hecho de que éste no se resuelve nunca a través de una respuesta sino que a través de otro enigma. Eso es algo que los griegos entendieron muy bien. La historia de Edipo, de hecho, muestra lo lúcido de la conciencia que los griegos tuvieron al respecto. Hay un aforismo de Karl Kraus al respecto que me gusta mucho y que dice algo así como que aquellos que buscan respuestas a sus preguntas, aquellos que buscan comprender y explicarlo todo, lo primero que debiesen hacer es aprender a ser pacientes porque en último término los misterios se terminan resolviendo solos, se terminan aclarando por su propia luz.



La literatura no es nunca un asunto de un sujeto individual. Los actores son por lo menos tres: la mano que escribe, la voz que habla, el dios que vigila e impone.