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sábado, 3 de abril de 2010

Entrevista a Thomas Bernhard (II)


No bien me ve, la tía quiere irse. Va a dar un paseo, dice, con su sombrilla. Bernhard atrapa la frase al vuelo para implicarla en una conversación. Quiere dar, corrige, ¡un paseo al sol con su paraguas! Como si ella hubiese confundido los términos. Pero ella sostiene que la sombrilla es la sombrilla y que tiene un segundo ejemplar para la lluvia.
Eso no es prueba de nada, dice Bernhard, son entonces dos paraguas. La tía se sienta. Y heme aquí, espectador de una escena teatral. Es una escena erótica, me digo. En lugar de contactos hay palabras, y las palabras son los abrazos. Oprimo el botón de registro de mi grabador y pronuncio mi primera frase, como si esta puesta en marcha señalase el momento de mi réplica: “La cuestión es saber en qué se distingue una sombrilla de un paraguas”.
“Por el color”, responde su tía. “Si es negro, es un paraguas. En mis tiempos, era siempre así”.
“¿Por el color? siempre he creído que también por las puntillas”.
“Sí, bueno. Eso puede haber estado de moda en una época”.
“Sí, vamos mi pequeña, dice Bernhard, la moda cambia cada dos o tres años; luego en la vida se ha visto prácticamente todo”.
“No, mira, dice la tía, ha sido siempre una cuestión de color. Sé también lo que he visto durante sesenta años de mi vida”.
Bernhard: “... y en Viena además; en 1900 la gente se paseaba ciertamente con toda clase de paraguas de lo más extravagantes”.
La Tía: “Sí, las sombrillas, no digo lo contrario”.
Bernhard: “No vamos a matarnos mutuamente por un paraguas”.
La Tía: “No soy bastante vigorosa, encontraré otra cosa que valga más la pena”.
Bernhard: “¿Acaso es posible, por otra parte, matarse mutuamente?".
(...)
La tía mira por la ventana.
“De hecho, dije yo, uno se pasa todo el tiempo diciendo idioteces. Pero está muy bien eso de poder poner a continuación esas idioteces en el papel. Me pregunté durante todo el trayecto: ¿Cómo hacerlo hablar? Y ahora usted habla sin que se lo pida”.
¿Adónde se han ido mis preguntas? me dije. No eran más que falsas preguntas. He llegado más allá de esas preguntas. “La razón por la cual he venido es que quiero un texto suyo, poco importa cuál sea. Pues es usted el último...”.
Bernhard: “... de los últimos”.
“No, la cúspide. Pero ya no soy capaz de hacerle preguntas”.
“No hay problema”.
La Tía: “Hace mucho tiempo que me pregunto. ¿Un reportaje? Una entrevista sin resistencias ¿qué es lo que puede dar?”.
Bernhard: “Nada se da sin resistencia”.
La Tía: “Sí. Cuando concedes una entrevista estás obligado a contestar”.
Bernhard: “Y por qué?”.
La Tía: “Es una expresión: entrevistarse sin resistencia”.
Bernhard: “Las expresiones son peligrosas para un escritor. Todo lo que dice un escritor lo desenmascara, en tanto tenga máscara".
La Tía: “Todo el mundo tiene una”.
Bernhard: “Porque le crece en la cara de un momento para otro. Solamente no ocurre cuando se está muerto. La última máscara es la máscara mortuoria. (...)
La Tía: “¿Te acuerdas de la historia que te conté un día, de ese médico que no había ejercido nunca, y del entierro donde de pronto salió una mano de la tumba y el médico inmediatamente la atrapó y se dio cuenta de que todavía tenía vida; apenas algunas semanas después pudo ejercer de nuevo su oficio”.
Bernhard: “Cómo es eso, puesto que no lo había ejercido nunca no pudo ejercerlo de nuevo.”
La Tía: “No el médico, el cadáver”.
Bernhard: “Razón de más, un cadáver no puede ejercer un oficio”.
La Tía: “Quiero decir aquel que se tomaba por un cadáver”.
Bernhard: “El presunto cadáver. El pretendido entierro”.
Me extraño de que la tía soporte esas bromas insistentes sobre la muerte. Tiene ochenta y cinco años y no es la tía sino una enferma que B. había conocido a los 19 años en el hospital para enfermos pulmonares, cuando los médicos lo habían abandonado. (...)
Bernhard: “Guardo mis muertos para mí. No los dejo salir de mi bolsillo. A veces, solamente, para hacer chantaje, muestro algunas cabezas de muertos y amenazo un poco; después las guardo”.
“¿Estas bromas y estas historias no la remiten constantemente a su propia muerte?”.
La Tía: “Eso no me molesta. De todos modos, es mi despertar de todas las mañanas”.
Bernhard: “De todos modos, te despertarás en el Paraíso”.
La Tía: “No sé. No sé nada acerca de dónde me despertaré”.
Bernhard: “Quizá sea una encrucijada cualquiera, con carteles que no se comprenden, donde no se sabe hacia dónde ir y sopla un viento glaciar”.
La Tía: “No puede suceder gran cosa. O bien esto continúa, o bien termina”.
Bernhard: “No se puede saber cuándo termina, así que no se puede tener miedo. Primero se está enfermo, después muerto, y un muerto no es nada, a lo sumo una bolsa de plástico que se arroja a la basura”.
Yo: “Con lo mucho que hablamos de la muerte, no puede darnos miedo. (...) Pero la cuestión es: ¿hacia dónde corremos?”.
Bernhard: “Hacia ninguna parte. Uno corre para escapar de alguna cosa, pero se la lleva consigo. La rabia, la desesperación, todo queda en el interior del individuo. Falta todavía un rato para que la separación física se vuelva real... Es posible que no haya separación real. En cada uno de nosotros están presentes todos los seres humanos que se ha conocido en la vida. Somos el resultado de todos esos seres humanos. Todo lo que nos ha sucedido queda en nuestro interior, y nosotros también en el interior de los otros”.
La Tía: “Eso es la inmortalidad. Mientras hay alguno que piense en uno, se es inmortal”.
Bernhard: “Sí, bueno, hay que simplificar las cosas porque no puede hacerse de otro modo. Sólo que nadie sabe lo que es cierto. Y por otra parte, le importa un comino”.
(Hay aquí un corto pasaje en que Bernhard y su tía se dedican a un juego de palabras intraducible).
La tía sale de la habitación y no me queda otra solución que intentar una entrevista:
“¿En qué piensa usted?”.
“En nada”.
“¿En qué pensaba antes de que yo llegara?”.
Bernhard: “Han venido tres hombres que quieren colocar columnas de alta tensión. (...) Cuando se es impotente, el que es algo poderoso puede hacer lo que quiera”. (...)
“¿No muestra nunca sus sentimientos?”
“Soy siempre amable con la gente”.
“¿Hay alguna cosa a la que le tenga miedo?”
“Siempre se tiene miedo”.
“Por ejemplo, ¿ser víctima de una agresión?”.
“Nunca he tenido miedo, realmente, a las agresiones. De otro modo viviría constantemente en el temor. Si alguien me agrede, y bien, me agrede. Se verá lo que sucede. No se sabe. Hay gran cantidad de posibilidades. Si alguno me quiere matar, lo hará de todos modos. Evidentemente, para el asesino es necesario no aflojar”.
“Pero ¿qué sucedería si no lo asesinara sino que quedara allí sólo como factor de perturbación?”.
“Nadie queda eternamente. (...) Las personas que hacen una tentativa la concluyen siempre, si no se volverían locos. Este género de tentativas es casi como un acto sexual. Tampoco se lo soporta si no llega a una conclusión Se puede retardarlo, lo cual puede procurar un gran placer, pero no creo que pueda contenerse un año. Todo va hacia la finalización. Pero ¿para qué sirve eso si cuando hay uno que se aleja, hay otro que acecha? No tiene sentido. Se liquida a uno y hay otro mucho más grande que llega detrás”.
“Allí, ¿usted es el asesino?”. (...) Usted me ha escrito que le sería indiferente ser asesinado por mí, lo que me ha asombrado, porque esto no estaba en absoluto en mis intenciones”.
Bernhard: “¿Cuándo le he escrito eso?”.
“En febrero, después de su viaje a Yugoslavia, que no le gustó en absoluto”.
“Gustar, qué quiere decir eso. No es exacto”.
“¿Por qué, pues?”
“Es que no funcionó”.
“¿La escritura?”
“Evidentemente, la escritura”.
“¿Tiene necesidad de silencio para escribir?”
“De hecho, puedo escribir en cualquier parte, cuando llega el momento. Hasta puedo escribir en medio de la gente, con un ruido espantoso, cuando las cosas están a punto, y cuando las cosas no están a punto, el silencio puede ser tan grande, tan ideal como se quiera pero no marcha. No hay lugar preciso ideal”.
“¿Qué hace cuando no puede escribir?”
“Es espantoso, absolutamente espantoso. Pero finalmente uno se enamora de eso también, puesto que se sabe que hay primero muchos meses de horror. (...) Lo que nos mantiene es la tensión. Mientras se soporta no escribir, no se está obligado a hacerlo. Rilke dice que no se tiene derecho sino cuando se está obligado. De hecho no se está obligado a nada, se está obligado a ir hasta el fin, y ni siquiera eso”.(...)
Yo: “¿Cómo llegó a la primera publicación?”.
Bernhard: “Eran poemas. Porque escribía muchos y me figuraba que eran mejores que los de Rilke, Trakl y los de todo el mundo. Se los llevé a Otto Müller. Se sentó, eligió algunos y efectivamente aparecieron. Era 1956. En esa época yo era muy ambicioso, muy pretencioso, y todo eso. Después, cuando se ha llegado, se ve que eso no es nada en absoluto. En el momento es como el sentimiento de subir a una cima. Pero cuando se está arriba se percibe que eso no tiene fin. A fin de cuentas, no es nada en absoluto. (...) ¿... usted ya almorzó?”.
Bernhard propone una posada de Steyermühl. En la puerta hay un cartel: Descanso hebdomadario.
Bernhard: “No es un descanso hebdomadario, es el descanso eterno”. (...)
“¿Ha intentado suicidarse alguna vez?”
“Cuando era niño quise ahorcarme, pero la cuerda cedió. Tenía siete u ocho años. Después, me maldijeron diciendo que era un niño exaltado que quería hacerse el interesante atrayendo la desgracia sobre la familia”.
“¿Siempre piensa en suicidarse?”
“Es un pensamiento que siempre está allí. Pero no, por lo menos en este momento”.
“¿Por qué?”
“Creo que por curiosidad, por pura curiosidad. Sólo la curiosidad, creo, me mantiene con vida.”
“¿Cómo es eso? Otros ni siquiera son curiosos y viven sin embargo”.
“Pero yo no estoy contra la vida”.
“Hay quienes, en embargo, consideran sus libros como una incitación al suicidio”.
“Sí, pero nadie me sigue. Hace quince días encontré de pronto delante de mi ventana a una mujer que me dijo que era necesario que me hablara. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: No, pero usted sí. Le dije: Vuelva a su casa. Dijo no, es necesario que entre en su casa. Le dije no, es imposible, me voy a acostar en seguida. Dijo: No tenga miedo, tengo ya un marido, no tengo intención de ir a la cama con usted... Todo esto pasaba con la ventana abierta y cuando la quise cerrar, metió el dedo entre los batientes. Le dije: le aplasto el dedo. Entonces lo retiró, cerré la ventana y me recosté. Un rato después miré para afuera, estaba todavía en el patio. Se fue en un momento cualquiera y me mandó una carta diciendo que el día tal, a la hora veinte, en el cementerio junto al portal de la derecha, me esperaría. Pero ese día no estaba yo en casa. Entonces me escribió otra carta, de dieciséis páginas, donde contaba su vida. Quería probablemente suicidarse conmigo en el cementerio.” (...)
Yo: “¿Se ríe también cuando está solo?”.
“Me ha ocurrido reír solo, pero muy raramente. No importa qué situación, puede ser la mía propia, cuando algo me parece repentinamente ridículo”.
“¿Aun de su desesperación?”
“Sí, también.”
(...)
“Cuando se reflexiona demasiado todo termina por parecer idiota. Si reflexiono primero en lo que voy a escribir y me ocupo de eso demasiado tiempo, no escribo nada”.
Yo: “Sigo asombrándome de que sea tan productivo ya que es consciente de lo absurdo de la escritura. Escribe sobre lo absurdo de la vida y vive. Casi se podría creer que es una deshonestidad”.
“Aunque fuese una deshonestidad, la cosa no cambiaría nada. El nombre que se le dé no importa en absoluto. No se sabe nunca cómo nacen las cosas realmente. Uno se sienta, es todo, y es un esfuerzo que sobrepasa nuestra capacidad y después, un día, está terminado. (...) Ni la razón ni nada que se parezca al intelecto impiden hacerlo. Se lo hace o no se lo hace, es todo.”
Yo: “¿Puede imaginarse en un estado de ánimo en el que perdiera el control de sí mismo?”.
“No, no lo pierdo nunca. Pero eso no significa nada. ¿Qué quiere oír?”.
“Que no se suicidará”.
“Nada ni nadie está a salvo de ello (...). Existen sistemas fantásticos en los que se cree que se ha erigido algo definitivo y enorme, y un instante después, ya no queda nada de ello. Una construcción de cemento no es sino uin castillo de naipes. Basta que llegue la ráfaga precisa. (...) No puedo imaginar que alguien se suicide en un estado en que se observa a sí mismo, si se supone naturalmente que no crea en una vida después de la muerte. ¿Un verdadero ateo no se ha dado muerte nunca delante de un espejo?”.
Yo: ....
Bernhard: (...) No hay nada que no pueda imaginarse, porque cada hombre es perfectamente diferente. No hay tampoco filosofía que sea válida, que valga para ningún otro que para aquel que la hizo. (...) Las verdades cambian constantemente, además, en el interior mismo de la persona. El hombre vive absolutamente por nada o por todo. (...) Cada segundo es un punto de partida. Se está siempre en la situación primera, sólo que hoy existe el nailon, pero ¿qué son estas cosas? Camisas de fuerza que la humanidad se inventa para tener una vez más de qué escapar”.
Yo: “Su característica personal, escribe en la autobiografía, es la indiferencia”.
Bernhard: No es posible decir eso, así como así. Nada me es indiferente, pero es necesario que todo me sea indiferente. De otro modo la cosa no podría continuar. Es la única frase que sobre ello puedo pronunciar.
Yo: “La frase ‘quiero estar solo’ ¿es todavía verdadera?”.
"No tengo otra solución que la soledad para llegar al fin de mis días. La proximidad me mata. Pero no debo quejarme. La culpa de todo está en uno”.
Yo: “¿Existe algo que pueda eventualmente reemplazar la escritura?”.
“Nada puede ser nunca reemplazado”.
“¿Qué haría si un día no tuviera más ideas?”
“Esa clase de preguntas no conducen a nada. Como si le preguntara a una cantante que haría si no tuviese más voz. ¿Qué debería responder? ¿Qué cantaría aires mudos? De todos modos, cada vez que se escribe algo se cree que se acabó, que no se puede y que no se quiere más. Pero ninguna otra cosa me interesa.”
“¿Y si encontrara mañana el gran amor?”
“No podría impedirlo”.
THOMAS BERNHARD nació en 1931 en Holanda y murió en 1989 en Austria.
Principales obras: Trastorno, Corrección, Los maestros antiguos, , El sótano, Helada, Extinción, El imitador de voces, El origen.


[Entrevista de André Müller (1979) – fragmento extraído de Thomas Bernhard, Tinieblas (Barcelona, 1987).]

viernes, 2 de abril de 2010

Entrevista a Thomas Bernhard

Declaraciones recogidas por Asta Scheib
Traducción de Thomas Kauf
QUIMERA Nº 65. 1987



¿Quién es Thomas Bernhard?
Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.

¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?

Uno siempre es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello.

Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.

Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.

En realidad, lo que se dice agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.

¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?

Uno se alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital inapreciable.

Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el punto de no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.

Lo que más me gustaría es saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.

¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?

-Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir. La vida puede asumir infinitas formas.

Mi madre murió a los cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.

En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?

Nunca me he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos. Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.

Cuando yo tenía diecinueve años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa rodeados de libros.

¿Usted está conforme con su vida de escritor?

Bueno, uno siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.

Uno de sus temas principales es la música. ¿Qué significa para usted?

Estudié música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.

Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?

Yo amo a Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla.

Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros.

¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como ser humano en su propia patria?

El hombre, desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce el eco. En el fondo, también se está enamorado del odio y del desdén.

¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?

Sí. A veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino. » Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más, conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.

Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por qué?

Este método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.

¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?

Mi abuelo era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el pueblo donde había nacido mi abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.

¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?

Con las críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una crítica negativa». Así funciona.

¿Le molestan las críticas feroces?

Sí, hoy en día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.

En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?

No. Todo lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita. Siempre vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a estrellar?

Yo gozo escribiendo, lo que no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la cuerda está algo deshilachada. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.

En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?

Sólo puede decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.

Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?

No, podría rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no has estado aquí ha sido el más horríble». Como si sólo hubiese sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.

¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la muerte?

No. Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.

Lo más extraordinario que me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro.

Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.

Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido. Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.

Sentirme perfectamente en mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte, positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo echo de menos.

Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.

Es una gran ventaja haber vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.

Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en catástrofe? 

Sí.