sábado, 12 de junio de 2010

Desgracia impeorable, de Peter Handke


Desgracia impeorable (recién reeditado en Alianza como libro de bolsillo) parece ser el libro más desolador, verdadero y refinado de Peter Handke. (Todos ellos lo son.) De apenas cien páginas, fue escrito en primera persona, a la muerte de su madre, entre enero y febrero de 1972, en pleno estado de angustia, si es que cabe confundir la voz narradora con el propio autor, de lo que no podemos estar completamente seguros, siendo este galimatías lo de menos.
Siete semanas después del suicidio de su madre, gravemente enferma, el narrador escribe para salir de su embotamiento, de un estupor que lo ha dejado sin habla y sin movimiento, sobre el que no puede decirse nada. Su síntoma más perceptible es que las cosas se le caen de las manos. Es preciso tomar notas, ponerse a teclear. Y el libro se convierte así en la crónica misma de un escritor al borde del silencio, en una reflexión sobre el acto desamparado de la escritura, paralelo a la memoria y al duelo.

Es preciso escribir sobre su madre, trabajar (o salir de viaje): es preciso entrar en movimiento, no dormitar con la mente en blanco, acabar con el aburrimiento. La mente se aclara a sí misma andando, escribiendo; el narrador, que no precisa la compasión de nadie para lo que es incomprensible e incomunicable, llega a sentirse bien en el terror, el tiempo pasa sin dolor.
La apertura del miedo dura un instante, la sensación de irrealidad; es preciso examinarla con la máxima precisión antes de que se cierre, encontrar la formulación adecuada. La tarea exige todo de él. He aquí el difícil intersticio en el que trabaja el escritor. Y nadie puede hacerlo por él.
Esa “apertura del miedo” coincide con unos “estados especiales” que no le eran desconocidos con anterioridad al narrador: una “pérdida de la imagen” (aspecto frecuente en toda la obra de Peter Handke) que deja la conciencia dolorida y vacía. Escribir sobre lo vivido es la “terapia” del escritor, la recuperación de la imagen: se trata de volver a apropiarse conscientemente del representante, de darle lugar y alcance mediante una infatigable metonimia, en pleno vértigo del sinsentido, del representante que ha pasado a carecer de representación, y corre el riesgo de ser engullido por el vacío del objeto, arrastrando al sujeto con él en esa pérdida de la imagen, y a su vez vacío, anulando todo impulso. Porque escribir, al menos, es escribir necesariamente sobre “algo”, para encontrar su formulación adecuada.
El objeto precario y contingente de esa muerte, su propia madre, es salvado así para lo universal. Pero solo podrá serlo haciéndole verdadera justicia. Ni la psicología, ni la religión, ni la sociología pueden dar cuenta de esa “muerte libre”, solo queda el narrador para saber por qué ha muerto su madre; un narrador que escribe también por interés propio, para estar ocupado, a la vez que para convertir a su madre “en un caso”. En un último extremo se trata para él de una elección, casi se podría decir que a vida o muerte, entre la “mudez extrema” o la “formulación adecuada” del sufrimiento.

Es así, con estas reflexiones sobre el propio acto de escribir el libro que el lector se dispone a leer, como Peter Handke posterga durante las primeras páginas la entrada en la historia de su madre, no dejándole otra salida al lector que la de participar de su “estado especial”, avanzando solo en la historia de su madre para regresar continuamente a él, y no dándole a leer simplemente una historia dramática, con una buena dosis de fantasía. Y lo hace tan bien que nadie se dio cuenta en su día de que la historia era inventada, de que Peter Handke apenas sabía nada de su madre, tal y como él mismo desveló en una conversación con el crítico Herbert Gamper, en la que confesó parte del artificio en el que se funda Desgracia impeorable. Allí alude a la construcción que en realidad llevó a cabo de la vida de la madre, proyectando sus muchas y variadas obsesiones, y apartándose de su propia experiencia o de sus propios recuerdos. En este sentido Handke confiesa que utilizó la muerte de su madre para escribir una obra sin ningún interés de tipo biográfico: «Nadie vio que esa no era en absoluto la historia de mi madre... Yo no sabía nada de mi madre, tuve un poquito de instinto y presentimiento…». Lo cual vuelve a ser lo de menos, puesto que la “verdad” de la obra viene a ser la respuesta más verosímil a una misma “pérdida de la imagen”, supiera lo que supiera el autor a ciencia cierta sobre esta imagen, o precisamente como “recuperación” de la imagen en el lugar mismo de una “doble pérdida”: "la simple narración de una vida, con sus cambios y su brusco final, sería pedir demasiado".
Un ritual literario entonces como el del sueño, en el que una vida individual no puede funcionar más que como un pretexto. La verdadera actividad literaria surge, no de los hechos, tampoco de una fraseología poética, sino de una permanente contradicción entre la lengua pública y lo más singular y especial de un personaje, "de una vida interior que jamás tuvo la posibilidad de llegar a un estado de tranquilidad burguesa" y de autoconocimiento, y que bien pudo ser una mujer real, con miedo a llamar la atención y profundas crisis nerviosas, así como una madre, efectiva a la vez que extraña, en tiempos de oscuridad.

"Más adelante escribiré algo más preciso sobre todo esto", escribe Handke antes de poner el estremecedor punto final. Porque no es posible, en definitiva, hacer justicia en apenas cien páginas a ese "destino despersonalizado y reducido a casi nada", consumido y echado a perder irreparablemente por la necesidad, la religión y las buenas costumbres de un paupérrimo universo cerrado; con sus deslumbramientos, pero no mucho más que atroz. Una deuda insaldable que no cabe disfrazar, pero sí presentir compasivamente en el lugar de una injusticia y de una pérdida insondables; una deuda que, si se ha de vivir, conviene por último librarla un buen día al infinito. Al buen infinito literario, si cabe, de las desgracias impeorables, allí donde los personajes no llegan nunca a ser de un modo definitivo unos seres amedrentados, humillados de nacimiento, y sin entidad; único lugar en que les es dado "afirmarse", nuevamente alumbrados, aunque solo sea para hablar consigo mismos porque ya no pueden decir nada a nadie.

Ana Crespo

1 comentario:

alicia killner dijo...

Ana: gracias por la información sobre este libro, no lo conocía. En un seminario que doy sobre duelo tomé un poco el libro de Barthes. Éste trataré de comprarlo en Buenos Aires. Impeorable, me gusta, ya, la palabra.