lunes, 3 de mayo de 2010

Amor y cinema


Por Robert Desnos

El mayor encanto de París es poder amar con el máximo de libertad. Las mujeres no son solamente misteriosas por la mirada, sino también por esa coquetería carnal que es el principio mismo de la moda parisina. Yo no soy de aquellos que creen que el amor más puro es un amor de eunuco por un maniquí de hielo. Reconozco que es un enigma profundo planteado a la inquietud humana esta alianza en el amor de lo espiritual y lo material, pero esta unión mística nunca me ha parecido vil. Además, el deseo está a veces ¡ay! obligado a bastarse a sí mismo, pues si el amor es siempre libre, no es menos dramático. Y es en el cine que el deseo de amor está más cargado de patetismo y poesía. Bellas mujeres de la pantalla, héroes perfectos, súcubos e íncubos modernos, presidís encuentros milagrosos. Bajo vuestra egidía, con el favor de las tinieblas, las manos se estrechan y las bocas se unen y esto es perfectamente moral. Esos amores en la sombra honran este siglo.
En vano el pudor indecente que hace estragos luchará contra esta llama, el amor triunfará siempre. Los impotentes, los mismo que proscriben a Charlot, queman los libros de Sade y recelan en su alma de las lujurias del fango, han cargado al cine de las múltiples cadenas de una censura imbécil. No veremos pues mujeres desnudas en la pantalla surgir milagrosamente en un paisaje maravilloso, no veremos pues los gestos armoniosamente múltiples y supremos del amor, pero el deseo de amor no sufrirá ninguna merma.

Ponte en guardia, censor, mira esa mano de mujer palpitar en primer plano, mira ese ojo tenebroso, mira esa boca sensual, tu hijo soñará esta noche y, gracias a ello, escapará de la vida de esclavo a la cual le destinabas. Mira ese actor tierno, melancólico y audaz -¿qué digo? ese actor: no esa criatura real y dotada de una vida autónoma-, más que seguro que en los brazos de carne, levantará a tu hija esta noche en su abrazo de celuloide y el alma de tu hija será salvada. ¿Por qué estas gentes, los primeros en ir a ver en los music-halls la fiesta que dan las girls con todo el lujo de su desnudez, tienen tanto miedo del universo cinematográfico? Su estupidez es lógica. Atisban qué llave mágica de la imaginación se ofrece a los espectadores. Saben qué prolongación la intriga exterior tendrá en las almas honorables. No desconocen la todopoderosa virtud liberadora del sueño, de la poesía y de esa llama que vela en todo corazón lo bastante orgulloso para no compararse a una pocilga.

Pese a sus tijeras, el amor triunfará. Pues el cinema no es un instrumento de propaganda más que para las ideas brillantes. Bajo el pretexto de «honestidad» y de «moral» (¿cuál?) han pretendido proscribir el amor de la pantalla: se mantiene permanentemente. A la generación de cadáveres que pretende regirnos, abandonamos las cenizas del aguilucho y los útiles de los sepultureros. Que pretendan hasta hartarse instituir el imperio de los muertos sobre los vivos: nosotros guardamos toda nuestra disponibilidad para el amor y la revuelta. No impedirán tampoco, en primer lugar, atormentar nuestros corazones como no impedirán al acorazado Potemkin navegar a toda máquina por una mar serena, bajo un cielo atravesado por el golpeteo de los estandartes simpáticos y la palabra "¡Hermanos!", al grito de la cual se vienen abajo las murallas, mil veces gritada por los hombres de buena voluntad.
19 de marzo de 1927
["Documents", incluido en Desnos, Oeuvres, Quarto Gallimard]


 Viví en esos tiempos durante miles de años.
He estado muerto, no caído pero embrujado;
Cuando toda la decencia humana estaba encarcelada,
yo era libre entre los enmascarados esclavos.
Vivía en esos tiempos, aún era libre.
Miraba el río, la tierra, el cielo,
dando vueltas a mi alrededor, manteniendo el equilibrio.
Las estaciones del año me proporcionaban sus pájaros y su miel
Tú, que vives, ¿qué has hecho de tu suerte?
¿Te arrepientes del tiempo cuando yo luchaba?
¿Has cultivado para la cosecha común?
¿Has enriquecido la ciudad donde yo viví…?
Los seres vivos no piensan nada de mí.
Nada sobrevive de mi espíritu o mi cuerpo.

(Robert Desnos, epitafio)


Nacido en París, en un primer momento Robert Desnos se acerca al Dadaísmo de la mano de Benjamin Péret. Posteriormente pasa a formar parte del grupo surrealista y así André Breton en el Manifiesto Surrealista de 1924 le apoda "el profeta del movimiento". A pesar de ello no abandona el trabajo que le da sustento, el periodismo. Y es que Robert Desnos condensa en su corta vida una aventura constante: poeta dadaísta, joven médium surrealista, autor de prolífica obra, polemista, detractor desde de 1927 de la alianza de Breton con el Partido Comunista, crítico de cine, periodista e innovador locutor de radio. Como buen romántico también se mantuvo de un amor imposible por la cantante Yvonne George, a la que dedicaría el poemario La liberté ou l'amour! en 1927.

En 1929 rompe definitivamente con Breton y se integra en el círculo que se crea alrededor de Georges Bataille. Desde entonces su producción literaria y poética aumenta de forma creciente, compaginándola con su interés por otros medios como la radio o la crítica de jazz y cine. En la misma medida, su compromiso político también se va perfilando y tomando forma hasta que con el estallido de la Segunda Guerra Mundial pasa a engrosar las filas de la Resistencia. En febrero de 1944 fue arrestado por la Gestapo en su domicilio de la rue de Seine. Entonces comenzó para Desnos un atroz peregrinaje a través de prisiones y campos de trabajo forzado desde Francia hasta Checoslovaquia. Auschwitz, Buchenwald, Flossenbürg y finalmente el campo de concentración de Térézin, donde sólo sobrevivieron 4.000 de las 140.000 personas que pasaron por allí. Robert Desnos pudo ver cómo el campo de concentración de Térézin (Theresienstadt) era liberado por los aliados; el 3 de mayo de 1945 la Cruz roja se hizo cargo de la ciudad amurallada que constituía Térézin. Apenas un mes después, Desnos fallecía a consecuencia del agotamiento y las enfermedades.

Un pequeño regalo para terminar. El fotógrafo, pintor y cineasta Man Ray realizó en 1928 su película L'Étoile de mer a partir de un poema de Robert Desnos que el poeta leyó en su presencia durante una cena privada. El resultado es una historia de corte onírico, dimensión que el realizador subraya con filtros de gelatina (posiblemente utilizados para burlar la censura de la época), y componentes eróticos que transcurren a través de conceptos surrealistas, como el del amour fou. Kiki de Montparnasse, André de la Rivière y el mismo Robert Desnos son los actores. Desnos propuso una serie de temas musicales para la adaptación fílmica de su poema: las canciones Plaisir d'amour y O Sole mio, una versión desafinada de La Internacional y el vals El Danubio Azul. Pero Man Ray no tuvo en cuenta sus indicaciones y realizó su propia selección musical que incluía una canción de Josephine Baker, C'est lui, el tema Los piconeros y una saeta cantada por La Niña de los Peines que acompañaba un fragmento del filme en el que se mostraban hojas de periódico arrastradas por el viento, un paisaje borroso y cambiante visto desde un tren y la imagen de un puerto brumoso y espectral.


2 comentarios:

Rechy Tenenbaum dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Rechy Tenenbaum dijo...

me ha parecido genial el texto de desnos!

saludos desde méxico y felicidades por el comentario (y por supuesto tus reseñas) de stifter.