domingo, 18 de abril de 2010

Jean Coctau: La dificultad de ser

La dificultad de ser
Jean Cocteau
Traducción de Mª Teresa Gallego
Siruela. Madrid, 2006.


Hay escritores a los que su época abandona antes de tiempo. Algunos dejan de escribir; otros lo siguen haciendo por inercia; y otros, si no aciertan a brillar en la nueva época con la fuerza de antes, sí que logran componer una hermosa y definitiva elegía al tiempo ido. Es el caso del autor que nos ocupa: La dificultad de ser es la elegía que un Cocteau de cincuenta y tantos años, enfermo y desilusionado, dedica a su personaje literario, al ambiente en que creció y a las circunstancias que explican su estado de ánimo contemporáneo. En 1946 el viejo vanguardista no se hace muchas ilusiones sobre la condición humana, y ni siquiera se apunta a los entusiasmos que puedan derivarse de que su país, después de haber sufrido una humillante derrota y una invasión, haya logrado contarse entre los vencedores de la recién terminada contienda. De hecho, no abriga grandes ilusiones respecto a la generación que ha hecho la guerra: “sin saber lo que es vivir -escribe-, no tuvo de la vida sino una idea accidental y cree que ya no vive porque las circunstancias han dejado de brindarle medios para ello”. Frente al mito de la Resistencia, que no nombra, Cocteau atribuye la victoria a la única “arma secreta” de la que Francia puede vanagloriarse: “una tradición de anarquía”, capaz de sobreponerse a cualquier invasor.

Y eso es Cocteau en este libro inclasificable y proteico, que empieza en tono memorialístico, con una evocación de la infancia y los amigos de juventud (entre ellos, destacadamente, Raymond Radiguet) y pasa pronto a otorgar a determinadas cuestiones (la lectura, la risa, los sueños) un tratamiento cuasi ensayístico; aunque sin renunciar a entreverar recuerdos y a dar testimonio del presente de su autor, marcado por la enfermedad: una dolorosa afección de la piel que casi lo fuerza al aislamiento y lo asemeja al personaje central de la película que rodaba por entonces, y a la que alude repetidamente en estas páginas: La bella y la bestia. Como el monstruo del cuento, también Cocteau puede presumir de haber conocido tiempos mejores, de haberse codeado con Diaguilev y Nijinski, de haber tratado a Apollinaire y partido una lanza a favor del “moralista” Genet. Y declarar que no sabe leer ni escribir, que nos limitamos a leernos en lo escrito por otros, sin atender a otra cosa que a nuestro propio yo; que sólo podemos leer los libros que no nos importan, igual que su amigo Radiguet buscaba en libros mediocres esos secretos del arte que, en los buenos, resulta invisible.

Cabría extender estas afirmaciones a las propias hechuras del libro en el que las leemos, y pensar que su desorden, su permanente huida hacia adelante, e incluso sus caídas, son demostraciones de que su autor quería dejar a toda costa testimonio de su propio distanciamiento de la convención literaria. A él lo que se le da bien es la conversación. Y las palabras que con tanta facilidad afluyen a su boca se le resisten en cuanto se planta ante el papel en blanco. Aunque la conversación, al fin, sólo es concebible en esa vida mundana de la que volvemos, dice, “con el alma contrita, pringados de pies a cabeza, desalentados hasta los tuétanos”.

Y es que quizá no haya afirmación en este libro que no encuentre su contrario en estas mismas páginas. Que a veces llegan incluso a volverse farragosas, pero que, casi siempre, logran alcanzar ese acorde en el que se aúnan lo vivido y la gracia de contarlo, la originalidad de pensamiento y la impresión de verdad. Años después, F. Quiñones recogió esta perla suya, dejada caer en una fiesta flamenca: “los buenos bailaores bailan como si estuvieran apagándose llamas por el cuerpo”. Lo que no disuena de lo que aquí escribe el propio Cocteau sobre Nijinski: “las manos se convertían en el follaje de sus gestos”.

José Manuel BENÍTEZ ARIZA

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