viernes, 23 de abril de 2010

El insomnio de Robert Graves a la salud de Ava Gardner

El lugar que eligió Robert Graves para decir "adiós a todo eso"

Deià, que desde lo alto de la Serra de Tramuntana se asoma al Mediterráneo, lleva más de un siglo ejerciendo una poderosa fascinación sobre extraños y forasteros.


El del escritor británico Robert Graves es el caso más recurrente, pero además hay otros.
Robert Graves, una de de las grandes figuras de la literatura y la poesía inglesa del siglo XX, huye de Inglaterra en 1929, y siguiendo los consejos de Gertrude Stein marcha a Mallorca. Ese mismo año llega a Deià con su compañera, la poetisa norteamericana Laura Riding.

Y descubren atónitos la luz del Mediterráneo, la sierra, los olivos, el mar, el pueblo blanco. Deciden construirse una casa a las afueras del pueblo encima del sendero que conduce a la cala: Ca n'Alluny ("casa lejana o la casa de lejos"). Graves publicó entonces Adiós a todo eso, prematuras memorias en la que narra sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, con las que cierra definitivamente una etapa de su vida. Tras años de reconfortante y solitario trabajo, ya en 1934, saldría a la luz su obra más célebre, Yo, Claudio.

Uno de los poemas que Graves le dedicó a Ava Gardner se titula "No poder dormir" y describe el estado de excitación que le provocaba la presencia de Ava en su casa.
Su casa de Deià se convirtió durante decenios en una especie de centro de atracción para personajes de toda índole. Entre sus huéspedes más espectaculares está Ava Gardner. Una de sus visitas fue recogida más tarde por Graves en el cuento corto "A la salud de Ava Gardner". Inclusó le dedicó algunos de sus poemas.

NOT TO SLEEP
Not to sleep all the night long, for pure joy,
Counting no sheep and careless of chimes
Welcoming the dawn confabulation
Of birch, her children, who discuss idly
Fanciful details of the promised coming -
Will she be wearing red, or russet, or blue,
Or pure white? - whatever she wears, glorious:
Not to sleep all the night long, for pure joy,
This is given to few but at last to me,
So that when I laugh and stretch and leap from bed
I shall glide downstairs, my feet brushing the carpet
In courtesy to civilized progression,
Though, did I wish, I could soar through the open window
And perch on a branch above, acceptable ally
Of the birds still alert, grumbling gently together.


NO DORMIR
Pasar la noche en vela sólo por simple gusto
sin recontar ovejas ni oír las campanadas.
Darle la bienvenida a las confabuladas
avecillas, las hijas del despertar del día
que en el alba discuten parleras los detalles
del atuendo que traiga aquella que se acerca.
¿Se vestirá de rojo, de púrpura o azul,
o de blanco purísimo? Será el traje glorioso.
Pasar la noche en vela sólo por simple gusto,
lo cual es concedido a pocos, y hoy a mí;
y una vez que me ría, me estire y deje el lecho
bajaré velozmente escaleras abajo
con los pies en el aire, sólo rozando el piso
por respeto al progreso civilizado nuestro;
aunque yo más quisiera volar por la ventana
y posarme en la rama más erguida en el cielo,
ser posible aliado de las aves alertas
que agrupadas murmuran no sé qué dulcemente.




Pero esta fuerza de atracción también alcanzó a Alec Guinness, Peter Ustinov y un joven Gabriel García Márquez, que pasaron también por la casa. En marzo de 1950, Ca n'Alluny acogió durante algunas semanas a Stephen Hawking, que en aquel entonces sólo contaba con diez años de edad, acompañado de su madre, una compañera de universidad de Beryl, la segunda esposa de Graves.


En el 1954, publicaba Robert Graves en Harper's Bazaar el texto "Mallorca, isla afortunada", en el que confiesa haber encontrado en Deià todo lo que necesitaba para trabajar: "Sol, mar, montañas, manantiales, árboles frondosos, ausencia de política y unos cuantos lujos de la civilización". Acaso lo mismo que siguen buscando los que vienen a la isla.



Le gustaba ir al café del pueblo y bajaba cada día a la cala para darse un baño. Ahora su tumba se halla en el pequeño cementerio de la parte alta del pueblo, justo al lado de la iglesia. Una discreta lápida recuerda solo su nombre, las fechas de su nacimiento y de su muerte, y una única palabra: poeta.

La Casa de Robert Graves, abierta al público, se conserva tal y como la dejó. Los olivos y frutales del jardín y los muros de piedra esconden las tranquilas y acogedoras estancias. Hay una sala en la que se muestra la vieja imprenta Albion con la que levantó su pequeña editorial dedicada a las ediciones limitadas de poesía para un público selecto. Hay otras salas con vitrinas en la que se muestran manuscritos, libros, cartas y otros objetos del escritor. Es un raro placer entrar en el despacho de Graves, conocer la casa en la que trabajó tantos años, pasear por el jardín y el olivar, y descubrir el rústico anfiteatro romano en el que la familia organizaba pequeñas representaciones.

Público.es, 19 de abril de 2010



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