miércoles, 9 de junio de 2010

Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke

                 Y levantándose de la oración, fue a sus discípulos y los encontró dormidos de tristeza.
                                                                                                                                      (Luc. 22,45)

Antes sólo conocía cansancios temibles. Antes, ¿cuándo?
Cuando era niño; en lo que llaman la época de estudiante; más aún, en los años de mis primeros amores; entonces precisamente. Una vez, durante la misa del gallo, el niño estaba sentado entre los parientes, en la iglesia del pueblo en el que había nacido, llena de gente, inundada por una luz cegadora, resonante de canciones de Navidad que todo el mundo conocía, envuelta en el olor de telas y de cera, y fue acometido por el cansancio que tiene la fuerza de un sufrimiento.
¿Qué clase de sufrimiento?
Del mismo modo que llamamos «feas» o «malignas» a las enfermedades, este cansancio era un sufrimiento feo y maligno; un sufrimiento que consistía en deformar las cosas, tanto el entorno —convirtiendo a los fieles en muñecos de trapo a los que había que estabular; al altar, con su reluciente boato, en la imprecisión que daba la lejanía, en una cámara de torturas, con los embrollados rituales y las confusas fórmulas de los oficiantes—, como al mismo niño, enfermo de cansancio, convirtiéndole en una figura grotesca que tenía forma de elefante, con el mismo peso, la misma sequedad de ojos, las mismas protuberancias en la piel; sacado de la materia del mundo por el cansancio, del mundo del invierno en este caso, del aire de la nieve, del vacío de los hombres, como si estuviera haciendo uno de aquellos viajes en trineo que se hacen por la noche, bajo las estrellas, cuando los otros niños han ido desapareciendo poco a poco en las casas, y que llevan mucho más allá del límite del pueblo, estaba solo, entusiasmado: completamente ahí, en el silencio, en el murmullo, en el azul del camino que se helaba —«apetece», se decía de este agradable frío. Pero ahora, allí, en la iglesia, la sensación de frío completamente distinta del que estaba encerrado, rodeado por el cansancio, como si fuera una Virgen de hierro, y él, el niño, yo, en mitad de la ceremonia religiosa, pedía y suplicaba insistentemente que me llevaran a casa, lo cual ante todo significaba «¡salir!», y con ello (una vez más) estropeaba a sus parientes una de las horas de convivencia con los otros habitantes de la región, algo que, ya de por sí, al ir desapareciendo los usos y costumbres de aquella gente, era cada vez más raro (una vez más).
¿Por qué te culpabilizas (una vez más)?
Porque el cansancio de entonces, por sí mismo, estaba vinculado a un sentimiento de culpa; éste incluso llegaba a fortalecerlo, a convertirlo en un dolor agudo. Una vez más fracasas cuando estás con otra gente: además, una cinta de hierro que te aprieta las sienes, la sangre que se te va del corazón; todavía, décadas después vuelve una vergüenza repentina ante aquellos cansancios; lo extraño de esto es que luego los parientes me recordarían algunas cosas, pero nunca estos cansancios...
¿Ocurrió algo parecido con los cansancios de mi época de estudiante?
No. Ningún sentimiento de culpa ya. Al contrario, con las horas el cansancio de las aulas llegaba a convertirme incluso en un ser rebelde y ansioso. Por regla general, no era tanto el aire enrarecido y el apiñamiento forzado de cientos de estudiantes como la falta de interés que los que daban las clases mostraban por la materia, una materia que en realidad debería ser la suya. Nunca más he vuelto a encontrarme con hombres menos poseídos por lo que llevaban entre manos que aquellos catedráticos y profesores de Universidad; cualquier empleado de banco, sí, cualquiera, contando los billetes, unos billetes que además no eran suyos, cualquier obrero que estuviera asfaltando una calle, en el espacio caliente que había entre el sol, arriba, y el hervor del alquitrán, abajo, daban la impresión de estar más en lo que hacían. Parecían dignatarios rellenos de serrín a quienes ni la admiración (la que tiene el buen profesor por aquello que constituye el tema de sus explicaciones), ni el entusiasmo, ni el afecto, ni actitud interrogativa alguna, ni la veneración, ni la ira, ni la indignación, ni la conciencia de estar ignorando algo les hacía jamás temblar la voz, que más bien se limitaban a ir soltando una cantinela, a ir cumpliendo con distintos expedientes, a ir escandiendo frases —y no en el tono cavernoso de un Hornero, sino en el de alguien que está anticipando el examen—, todo lo más, de vez en cuando, con el contrapunto de un chiste sin gracia o de una alusión maliciosa dedicada a los introducidos en la materia, mientras fuera, delante de las ventanas, se veían tonos verdes y azules, y luego oscurecía: hasta que el cansancio del oyente, de un modo repentino, se convertía en desgana, la desgana en hostilidad. De nuevo, como cuando era niño, el «¡fuera!». Escapar de todos vosotros, los que estáis aquí. Sólo que, ¿dónde? ¿A casa, como antes? Pero allí, en el cuarto alquilado, ahora, en mi época de estudiante había otro cansancio que temer, un cansancio de otro tipo, desconocido en la casa de mis padres: el cansancio de estar en una habitación, en las afueras de la ciudad, solo; el «cansancio de la soledad».
Pero ¿qué era lo que había que temer en este cansancio? ¿No es verdad que en el cuarto, junto a la silla y la mesa, estaba allí mismo la cama?
En dormir, como evasión, no se podía ni pensar: para empezar, aquel tipo de cansancio tenía como efecto una parálisis desde la que, por regla general, ni siquiera se podía doblar el dedo meñique; más aún, apenas se podía parpadear; incluso la respiración parecía haberse detenido, de tal forma que uno se sentía petrificado en lo más íntimo, convertido en una estatua de cansancio; e incluso cuando uno había hecho el esfuerzo de meterse en cama, después de una rápida evasión hacia el sueño, algo parecido al desmayo —ninguna sensación de sueño—, a la primera vuelta que uno se daba, se despertaba y se sentía en el insomnio, las más de las veces noches enteras, porque el cansancio de la soledad en la habitación acostumbraba a irrumpir siempre a media tarde, o al empezar el atardecer, con el crepúsculo. Del insomnio ya han hablado otros bastante: de cómo al final llega incluso a determinar la visión del mundo del insomne, de tal forma que, con la mejor voluntad, sólo puede ver la existencia como una desgracia, cualquier actividad como algo sin sentido, cualquier amor como algo ridículo. De cómo el insomne está tumbado hasta el alba, hasta la pálida luz que para él significa la condenación, una condenación que va más allá de uno mismo, en su infierno de insomnio, que alcanza a la totalidad del ser humano, un ser fracasado que se encuentra en un planeta que no es el suyo. También yo estuve en el mundo de los insomnes (y todavía hoy vuelvo a estar en él una y otra vez). Los primeros pájaros, en la oscuridad todavía, poco antes de llegar la primavera: como ocurría antes a menudo en época de Pascua, como mofándose, pero ahora mandando sus gritos estridentes a la cama de la celda, «otra-vez-una-noche-sin-dormir». Los relojes de los campanarios que tocaban cada cuarto de hora; incluso los más lejanos se oían perfectamente, mensajeros de otro día malo. Los bufidos y los maullidos agudos y penetrantes de dos gatos, enzarzados uno contra otro, cuando nada se mueve, como manifestación sonora, como clara revelación del elemento bestial que se encuentra en el centro de nuestro mundo. Los pretendidos gritos o suspiros de placer de una mujer que, en el aire igualmente quieto, empiezan a oírse de un modo inesperado, justamente sobre el cráneo del insomne, como si, después de apretar un botón, se pusiera en marcha una máquina fabricada en serie, como si de repente se dejaran caer todas las máscaras del afecto y aparecieran el egoísmo pánico (aquí no se está amando una pareja, sino que, una vez más, se está amando cada uno a sí mismo en los gritos de su soledad) y la ordinariez general. Episódicos estados de ánimo del insomnio —sin embargo, para los insomnes permanentes, por lo menos así es como entiendo yo sus relatos, pueden aparecer como algo definitivo, se ensamblan formando regularidades regidas por una ley.
Pero tú, que eres un insomne crónico, ¿piensas hablar ahora de la imagen del mundo del insomnio o de la del cansancio?
El camino natural es ir de la del cansancio a la del insomnio, o, mejor dicho, en plural: voy a hablar de las diversas imágenes del mundo de los distintos cansancios.
Como para tener miedo fue, por ejemplo, en cierta ocasión, la forma de cansancio que pudo producirse junto a una mujer. No, este cansancio no se produjo, ocurrió, como un acontecimiento físico, como escisión. Y además nunca me alcanzaba a mí sólo, sino que al mismo tiempo alcanzaba siempre a la mujer, como si, al igual que ocurre con los cambios de tiempo, viniera de fuera, de la atmósfera, del espacio. Estábamos allí, tumbados, de pie o sentados; un momento antes, de un modo evidente, estábamos formando una pareja, y un instante después estábamos separados irremisiblemente. Un momento como éste era siempre un momento de miedo, a veces incluso de terror; como cuando uno se cae de un modo violento: «¡Alto, no, no!». Pero no había nada que hacer; los dos estábamos cayendo ya, cada uno por su lado; cada uno a su cansancio más propio y particular, no al nuestro, sino al mío de aquí y al tuyo de allí. Puede ser que en este caso el cansancio fuera sólo un nombre distinto para designar la carencia de sentimientos o la extrañeza, pero, por la presión que gravitaba en el entorno, era el nombre adecuado a la cosa. Aunque el lugar del suceso fuera, por ejemplo, un cine climatizado, se convertía en algo cálido y angosto. Las filas de butacas se curvaban. Los colores de la pantalla tomaban una tonalidad de azufre y luego palidecían y desaparecían. Cuando por casualidad nos tocábamos, una desagradable descarga eléctrica apartaba de una sacudida las manos de cada uno. «A media tarde del... un cansancio catastrófico irrumpió en el cine Apolo desde un cielo claro y despejado. Víctima de él fueron un hombre y una mujer, que, unidos hombro con hombro unos momentos antes, fueron catapultados, cada uno por su lado, por la onda expansiva del cansancio y, al final de la película, que por cierto se titulaba Sobre el amor, sin mirarse siquiera ni decir una sola palabra, siguieron cada uno un camino distinto que les separó para siempre. » Sí, estos cansancios que separan le golpean a uno siempre con la incapacidad de mirar y con la mudez; no, no le hubiera podido decir: «Estoy cansado de ti», ni siquiera un simple «¡cansado!» (lo que, como grito común, tal vez nos hubiera podido liberar de nuestros infiernos particulares): estos cansancios nos quemaban la capacidad de hablar, el alma, sin dejar rastro. ¡Si realmente hubiéramos tenido la posibilidad de seguir caminos separados! No, aquellos cansancios hacían que los que por dentro estaban escindidos, por fuera, como cuerpos, tuvieran que seguir estando juntos. Y luego ocurría que los dos, poseídos por el demonio del cansancio, empezaban ellos mismos a tener miedo.
¿A tener miedo de quién?
Siempre del otro. Aquel tipo de cansancio —sin habla, como tenía que seguir siendo— forzaba a la violencia. Esta tal vez se manifestaba sólo en la mirada que deformaba al otro, no simplemente como persona aislada, sino como el otro sexo: feo y ridículo sexo de mujer o de hombre, con este modo de andar, metido en la sangre, propio de las mujeres, con estas incorregibles posturas de los hombres. O bien la violencia ocurría de un modo oculto, matando una mosca, como de paso, deshojando una flor, como si uno no se diera cuenta. Ocurría también que uno se hacía daño a sí mismo, una mordiéndose las yemas de los dedos, el otro tocando una llama; él dándose un puñetazo en la cara, ella, como un niño pequeño —sólo que sin las capas protectoras de éstos—, tirándose al suelo tan larga como era. A veces, uno de estos cansados caía sobre el otro, que estaba preso en las mismas redes que él, sobre el enemigo o la enemiga, pero además de un modo físico; quería quitárselo de encima, balbuciendo injurias a gritos intentaba librarse de él. Sin embargo, esta violencia del cansancio-de-pareja era la única manera de salir de éste; porque, por lo menos, después de la violencia, por regla general, se conseguía que cada uno fuera por su lado. O bien el cansancio daba paso a un agotamiento en el que al fin uno volvía a coger aire y podía pensar. Después, tal vez, uno volvía al otro y cada uno miraba fijamente al otro, temblando aún por lo que acababa de ocurrir, sin ser capaz de comprenderlo. De esto podía salir entonces una nueva mirada al otro, pero con ojos totalmente nuevos: «¿Pero qué es lo que nos ha pasado, en el cine, en la calle, en el puente?». (Uno encontraba incluso la voz para decir esto; los dos a la vez, sin proponérselo, o el joven a la joven, a al revés). Hasta tal punto; que un cansancio como éste, suspendido sobre los jóvenes, podía llegar a significar incluso una transformación: la que convierte el despreocupado enamoramiento del principio en algo serio. A ninguno de los dos le pasaba por la mente culpar al otro de lo que acababa de hacer; en lugar de esto, un abrir los dos los ojos o algo, independiente de cada una de las dos personas, que condiciona su ser en común, su «devenir» común, de hombre y mujer, algo que antes se llamaba, por ejemplo, «una consecuencia del pecado original» y hoy en día no sé cómo. Si los dos consiguieran zafarse de este cansancio, serían el resto de su vida el uno para el otro, como sólo ocurre con dos personas que han escapado a una catástrofe, y un cansancio como éste no les volvería a ocurrir nunca más, es de esperar. Y vivirían juntos felices hasta que entre los dos se interpusiera algo distinto —mucho menos enigmático, mucho menos temible, mucho menos de extrañar que aquel cansancio: lo cotidiano, el ajetreo, las costumbres.

[Comienzo de Ensayo sobre el cansancio, de Peter Handke.]

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