viernes, 2 de abril de 2010

¿Quién heredó a Virginia Woolf?

Sello Woolf

Cressida Bell, sobrina nieta de Virginia Woolf, se destaca en Europa como una de los decoradoras top del momento. En una entrevista con LNR en su casa de Inglaterra cuenta cómo su rica herencia familiar marcó su estilo
LONDRES.– ¿De qué manera te parece que ser la heredera de Virginia Woolf y del Bloomsbury Group afectó tu trabajo? Cressida Bell, no puede evitar la sonrisa. Hija y nieta de algunos de los miembros más famosos del grupo de intelectuales básicamente aristocráticos, millonarios y bohemios que sacudió las convenciones de la Inglaterra victoriana, sabe que la respuesta que se espera tiene que ver con la forma en que ellos inspiraron los extraordinarios diseños textiles de su creación. Su padre, Quentin Bell, fue un célebre escritor y escultor, y los cuadros de su abuela, Vanessa –hermana de Virginia– cuelgan en el museo Tate y la National Portait Gallery.
Pero el gusto por escandalizar corre por su sangre y contesta: "Lo que más afectó mi trabajo, definitivamente, fue la plata que me dejó Virginia".
Bell –diseñadora por excelencia en los interiores de las casas de campo y de ciudad de los ingleses más sofisticados– heredó de su tía abuela, que murió sin hijos, parte de los derechos de su obra maestra Hacia el faro. "Es un monto que ayudó, aunque sea un poquito, a tener la libertad para trabajar sólo en los proyectos que me interesasen. No creo que Virginia fuese a ofenderse por mi comentario. Ella misma escribió que, el día que ella heredó a su propia tía, las mujeres habían conseguido el voto, y que de ambos hechos, el primero le pareció infinitamente más importante".
Esta libertad le permitió a Bell nadar en contra de corrientes y de modas para afianzarse en un estilo propio. "¿Paredes blancas, minimalismo zen? ¡Me muero del aburrimiento! El secreto para mí siempre fue decorar, usando muchos géneros sueltos con estampados interesantes. Así, cuando uno se aburre de uno o encuentra otro que le gusta más, puede ir cambiando. Además, irse a dormir en un cuarto blanco donde no hay nada que mirar es deprimente, ¡ni qué hablar si la pintura está perfecta y no hay grietas en las cuales imaginar caras!", se escandaliza.


Bell estudió diseño textil en la St. Martin’s School of Art. Luego fue la estrella en el estrictísimo posgrado del Royal College of Art con sus géneros con patrones originales de inspiración turca, africana, británica y francesa, llenos de color pero con fuertes dosis de negro ("que me encanta porque resalta a los demás", aclara).
Pero sin duda, la principal influencia –más allá del dinero, finalmente concede–, fueron los períodos de su niñez en Charleston, la mansión en el campo de sus abuelos, que las distintas estrellas de Bloomsbury usaban como refugio de la ciudad. En 1916, Vanessa Bell y su amigo Duncan Grant se mudaron a esta paradisíaca región de Sussex. Los artistas e intelectuales que se quedaron períodos considerables allí, a lo largo del siguiente medio siglo, incluyeron a Clive Bell, el marido de Vanesa y David Garnett. John Maynard Keynes, Virginia y Leonard Woolf. Forster, Lytton Strachey, Leonora Carrington y Roger Fry también eran de la partida.




"En el colegio yo sufría un poco porque todos los chicos me preguntaban si era verdad que mi abuelo se bañaba desnudo en el lago y ese tipo de cosas.
Pero a la vez significó crecer en un ambiente extraordinario de creatividad, alguna pizquita de la cual estoy segura de haber absorbido", confiesa Bell abriendo bien sus enormes ojos celestes y sacudiendo sus rizos rubios que le dan un aire de muñeca sofisticada.
Los distintos cuartos en Charleston (mansión hoy abierta a visitantes) son un ejemplo de las manías decorativas del grupo Bloomsbury: hay murales de brillantes colores, muebles pintados, textiles y objetos por todas partes, cohabitando con cuadros de Renoir, Picasso, Derain y Delacroix.

En la casa de Cressida, en Londres –cuatro pisos céntricos– también parecería que no queda un espacio vacío por cubrir. Pero nada es gris o hace recordar que estamos cerca de la city.

Por el contrario, a sus emblemáticos géneros estampados en los sillones, manteles, cortinas, banderas y alfombras, Cressida los enmarcó con empapelados brillantes que diseñó especialmente ("y que ahora son furor; por suerte, a la gente se le fue ese miedo que tenía unos años atrás a los dibujitos en la pared"). También hay cerámicas con colores fuertes de su creación y la cocina es de un brillante turquesa, inspiración de un viaje a Turquía. "La cocina está en un sótano y me di cuenta, finalmente, de que nunca iba a ser luminosa. Así que me relajé y simplemente la hice para que transmita alegría", aclara.

Cressida, claramente, no teme a las mezclas arriesgadas: una lámpara con un animal print blanco y negro está en la mesita de luz de un cuarto con paredes con hojas pintadas en colorado y rosa. Además, usa sus propias bufandas multicolores y collares para decorar un perchero en un cuarto ya multicolor. Si la cosa queda bien, Cressida no le teme al ridículo: un zapato colorado brillante cuelga de una estatua de deidad oriental, y el cuarto se realza por ello.

Evidentemente, una familia que nunca temió al qué dirán. Y al despedirse esta redactora, no puede resistirse a preguntarle si era verdad lo de su abuelo en el lago. Cressida asiente encantada: "Como vino al mundo todas las mañanas, ¡aun cuando nevaba!".
(Por Juana Libedinsky.)

Cressida Bell es una diseñadora inglesa especializada en textiles e interiores. Heredó el sentido del color y la decoración de sus antepasados del Grupo Bloomsbury (Quentin Bell, su padre, y Vanessa Bell, su abuela, y su tía abuela Virginia Woolf). Pero pasen y vean el interior de la mansión de Charleston en cuestión, la Bloomsbury House, que es de lo que se trata.



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